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Libros  Por el camino de umbral

Joan Miró

El surrealismo y el ingenuismo vienen a encontrarse sobre un lienzo de Miró como una hormiga jugando con un monstruo. Breton llegó a decir: “Es el mejor de todos nosotros”


FRANCISCO UMBRAL | 17/04/2003 |  Edición impresa


Joan Miró: Mujer bajo la luna (1978)

El surrealismo y el ingenuismo vienen a encontrarse sobre un lienzo de Joan Miró como una hormiga jugando con un monstruo. El Miró surrealista no es el más difundido, pero Breton llegó a decir: “Es el mejor de todos nosotros”. Miró trabajó con todo, desde la piedra mínima cogida del camino hasta el fibrocemento, musculado con una energía inesperada. Como es bien sabido, la obra de Miró arranca con “La casa de la palmera”, donde hay más casa que palmera. Miró practicaba entonces un ingenuismo que en París quedaría tocado por la escuela de Breton como por un esnobismo. Miró llega al surrealismo, sí, porque llevaba dentro esa expresión silenciosa y reiterativa de los mundos, esos mundos regidos siempre dulcemente por una luna siempre azul. Pero es la palmada esnobista de París lo que salva a Miró de quedarse en ingenuista y ponerse a pintar lo misterioso de lo sencillo y la sencillez del misterio. Hay en Miró, como en tantos vanguardistas, un primer arranque de esnobismo que fortalece la teoría de este libro.

“La casa de la palmera” es ante todo un cuadro infantil y ese infantilismo no abandonó nunca, como semilla párvula, la inspiración del pintor, aunque luego pasase por las pruebas más abruptas de la vanguardia, como ya se ha dicho. A mí me lo confesó una vez almorzando en “El Escuadrón” de Madrid, con su mujer y unos amigos:
-Mire usted, Umbral, yo en mi casa siempre estoy descalzo, tocando con los pies la tierra húmeda por donde me entra en el cuerpo la energía para pintar y para vivir.

Y era verdad. Joan Miró era mucho más viejo que yo, pero estaba mucho más joven. Uno nunca ha pensado en pisar descalzo el asfalto recalentado de este Madrid para que la energía municipal le entre por los pies. Miró era un señoruco de pelo blanco y escaso peinado hacia la frente. Teniendo mucho que decir, permanecía callado y la que hablaba era ella, su mujer, una especie de pájaro viejo que se había apropiado la sabiduría formidable del genio. Uno, en su convivencia con gentes así, tiene comprobado que el genio calla, al menos delante de su mujer, y que ellas se apropian un discurso hecho de retales de las cosas que le han oído al marido a lo largo de la vida. No olvido aquel almuerzo de “El Escuadrón”, pero no olvido sobre todo la pajarería volátil de la señora Miró, que respondía a todas las preguntas sin dejar espacio a Miró, pues ya se sabía que él era un genio, pero además era tonto y por eso hablaba ella. En muchos matrimonios geniales he observado esta invasión de la tonta pajaril que nos impide escuchar al gran hombre. No recuerdo ahora si Cela, en Mallorca, me llevó alguna vez a visitar al maestro, y tampoco quiero contar mentiras.

Hay una serie de Miró que es la de los monstruos infantiloides con los ojos en las sienes y la luna o el sol dándoles de un lado. Estos muñecos tienen algo que ver con los marcianitos del cómic y a mí son lo que menos me gusta del maestro. Pero a veces esto se complica con zonas de sombra, bocas de flor y cuerpos coloreados. Aquí Miró adquiere densidad, misterio y volumen.

“Libélula de alas rojas persiguiendo a una serpiente que se desliza en espiral hacia la estrella cometa”. Evidentemente, este título ha sido escrito después de pintar el cuadro, por darle expresión y reunión a lo que no la tiene literariamente, pero sí pictóricamente, ya que los colores, los puntos de luz y de sombra y la mujer muy dibujada, a la que para nada alude el título, hacen una composición completa, expresiva y perfecta como el trasunto de un mundo que adivinamos mucho más amplio y poblado.

Nuestro último paso dentro del mundo mironiano lo damos en el cuadro “Caracol, mujer, flor, estrella”, de 1934, o sea en pleno surrealismo. En este cuadro podemos estudiar la profunda influencia de los surrealistas en Miró. Hay como un fondo implícito, un horizonte que se deja ver sin estar ahí, unos personajes que gravitan en el cuadro con toda su levedad, unos animales que viven la temperatura de la creación y unos señores barbados que aluden al punto de terror irrenunciable en el surrealismo. Hay un ojo solitario, una mujer en sombra, una mano picassiana, y todo sabiamente armonizado componiendo una escena que no tiene argumento pero tiene vida. En cuanto a las esculturas de Miró, son la nada en porcelana, una imaginación de formas y colores que no está ahí para decorar la realidad, sino para crear una realidad nueva, para fragilizar nuestra visión del mundo y ver cómo el aire se pone en pie y acuden los colores y las especies de lo azul y lo rojo dando locuacidad a un vacío que se puebla de sutilísima y perdurable primavera que así invade.




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