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Quevedo, prosa completa

Francisco de Quevedo

Castalia. Madrid, 2003.Vol I en dos tomos. XXXVIII + 979 páginas, 54 e. cada uno

CRISTÓBAL CUEVAS | 19/06/2003 |  Edición impresa


Quevedo, por Ulises

Estamos ante el comienzo de un monumento literario de gran envergadura: el de publicar en diez volúmenes las obras prosísticas completas de Quevedo. Cualquier conocedor de la obra de D. Francisco queda admirado
ante la dificultad de la empresa.

Se trata de dar a luz un corpus humanístico de incalculable riqueza ideológica, que abarca prácticamente todos los géneros literarios, se atreve con todos los temas y estilos, demuestra una asombrosa capacidad de enfoques y perspectivas y pone en pie un edificio intelectual de total modernidad. Con razón dicen sus editores que esta labor excede la capacidad de un estudioso único, aunque dedicara a ello toda su vida. La colaboración de 26 especialistas ha podido rematar la empresa con éxito, a juzgar por la muestra que nos ofrecen en este primer volumen.

Parece que ya Quevedo quiso publicar sus obras completas divididas en verso y prosa. En cuanto a lo primero, puede afirmarse con certeza, pues como dice J. A. González de Salas, “concebido había nuestro poeta el distribuir las especies todas de sus poesías en clases diversas, a quien las nueve musas diesen su nombre”. La empresa fue emprendida por el autor de ese testimonio, que publicó El Parnaso español, monte en dos cumbres dividido, con las nueve musas castellanas (1648). Al no haber podido dar cumbre a su empresa, que llega sólo a la musa sexta, P. de Aldrete la completó con Las tres últimas musas castellanas (1670). Atendiendo al afán de Quevedo por reunir, estructurar y corregir los manuscritos de sus obras en prosa, parece que también quiso publicarlas completas, de lo que es indicio el que P. de Aldrete obtuviera licencia del Consejo de Castilla para publicar un libro “con todas sus obras en prosa, antes impresas y comprehendidas en un tomo”

Surge así, ya desde el siglo XVII, una tradición editorial de las Obras en prosa de don Francisco de Quevedo, distribuidas en dos tomos, lo que se compagina con la publicación de obras sueltas. En el XIX publica Fernández-Guerra la Colección completa de Francisco de Quevedo (1852-1859), cuyos dos primeros tomos recogen la prosa del polígrafo con abundante copia de textos consultados. Ya en el siglo XX, Astrana Marín publica en Aguilar las Obras completas de Quevedo (1932), con mucho material erudito. También en Aguilar publicó Felicidad Buendía las Obras completas de Quevedo (1958). Alfonso Rey historia este proceso editorial, llamando la atención la generosidad con que sugiere las abundantes deficiencias de las ediciones señaladas.

Llegamos así a la edición que ahora inicia su andadura. Desde el punto de vista material, los tomos aparecidos están cuidados con sobria exquisitez, en excelente papel, perfecta maquetación, caja, letra y formato. La lectura se hace con facilidad y agrado, aunque tal vez algunas notas a pie de página resulten demasiado largas. Estamos ante unos tomos de impecable factura.
El plan general de las prosas completas sigue en buena parte los puntos y apartados tradicionales, aunque en un orden y con unos matices que los hacen más modernos en la forma y más lógicos en la estructura. Así, empiezan por la edición de las obras que podríamos considerar críticas, siguen las de burlas, continúan los escritos históricos, políticos y morales, obras satíricas, burlescas y relatos picarescos, comentarios, memoriales, polémicas, páginas religiosas, epístolas y traducciones. Estamos ante una arquitectura compleja, bien secuenciada.

El aparato de introducciones de todos esos apartados acoge lo esencial, y se nutre tanto de erudición recóndita como de citas explícitas. El proceso es siempre el mismo: al frente del tomo I se consigna el plan de las obras completas, añadiéndose una introducción general y dándose cuenta de los objetivos de la edición del corpus prosístico quevediano. Luego se examina cada una de las obras, justificando su autoría y cronología, examinando su filiación y edición, añadiendo las características de cada escrito, y publicando el texto correspondiente. Viene después una introducción a cada uno de los volúmenes, añadiéndose otra particular a cada obra. De esta manera, los escritos en prosa se encuadran en su propio marco, que los delimita, explica y jerarquiza.

Desde el punto de vista filológico y ecdótico, cada obra, y su conjunto, reciben una explicación cumplida. Los textos están severamente fijados, y se acompañan de variantes privilegiadas, que responden a modificaciones introducidas por Quevedo. Se notan las apostillas marginales de la edición de Barcelona, 1627. El tomo II -segunda parte del volumen I- acaba con un catálogo de fuentes manuscritas e impresas, un aparato crítico selectivo, un útil índice de voces anotadas, y una bibliografía operativa en la que se advierte la falta de algunos títulos. El libro que se está editando bajo la dirección de Alfonso Rey es una obra monumental, que constituirá un punto de referencia obligado para el estudio de la prosa de nuestro gran escritor barroco. Pienso que debe leerse teniendo a la vista la biografía publicada por P. Jauralde sobre el escritor. Ambos libros marcan un antes y un después en las materias que tratan. Quevedo se dibuja en sus páginas como un escritor polifacético, tan rico de pensamiento como de sentimiento, que domina todos los géneros literarios con maestría y oficio inigualables. En Quevedo se guarda toda una literatura, que nunca tendremos completa porque nunca aparecerán todas las obras que escribió, en todas sus redacciones y con todas su variantes. Lo que tenemos, sin embargo, bastará para su gloria.




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