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La montaña del alma

Gao Xingjian

Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, 2001. 126 páginas, 1.500 pesetas

Novela de la memoria, y a la vez, de la historia, La montaña del alma es también una obra de crítica política, cultural y social en la que China viene a ser su único protagonista


Jaime SILES | 28/03/2001 |  Edición impresa


La Montaña del alma es una novela polifónica, que recorre los diferentes géneros y arquetipos literarios y que, bajo una amplitud de tonos, trata un solo tema: el sentido de nuestra identidad. Novela épica, porque interpreta la historia política y cultural de China, es también lírica porque investiga el yo en su pluralidad. Este cruce de géneros y este abanico de tonos y temas le confiere una riqueza narrativa tan variada como perfecta, en la que las historias forman figuras como en una baraja, y el relato mantiene el rumbo y el ritmo en que se basa su compleja unidad. Xingjian es un narrador culto, irónico y omnisciente que no sólo construye una ambiciosa novela poliédrica sino que se permite una metaliteratura inteligente, en la que el nihilismo que lo informa no es una filosofía sino un modo de teorizar. La montaña del alma es una novela histórica escrita desde la instancia de la persona poemática y que hace de los pronombres personales no tanto los ejes del discurso como las voces de su permeabilidad. Novela monódica que no renuncia al carácter coral, La montaña del alma es también una novela antropológica, que describe y opone modelos de conducta pero que no analiza caracteres y que presenta su acción como un simple viaje en el tiempo, en el espacio y en la memoria de su imaginación; que introduce reflexiones sociológicas; que tematiza la crisis de valores; que habla de bandidos, de saqueadores de tumbas y de curanderos de picaduras de serpiente, de tigres y de pandas y de recuerdos reales entremezclados con todo su proceso de ficción. La mujer, el sexo y las dificultades del amor ocupan no pocos de estos 81 capítulos en los que aflora un pensamiento tan metafísico como ecológico (“el hombre tiene necesidad de engañarse a sí mismo, Por un lado, salva una especie que ha perdido su capacidad de supervivencia, pero, por otro, acelera la destrucción del entorno que le permite subsistir”). Para Xingjian, “no es la naturaleza la que causa espanto, sino el propio hombre”, cuyo miedo íntimo le parece el verdadero origen de su mal. El mundo aquí no es concepto sino sensación y series de impresiones pasajeras. El relato de Xingjian es un libre fluir de la conciencia porque, para él, la historia está siempre enmarcada por la nebulosidad. Anécdotas convertidas en cuentos, cuentos que adquieren la forma del diálogo y diálogos que rozan la tragedia y el mimo, La montaña del alma objetiva, sobre todo, la extrañeza del yo: la toma de conciencia del yo que es el punto en que esta narrativa conecta con la teoría budista de las iluminaciones y ,en concreto, con la que explicita que “todas las imágenes son mentiras y la ausencia de imagen también lo es”.

La crítica de la Revolución Cultural y de sus lemas, dirigentes y mandos no tiene desperdicio y no deja tampoco de producir dolor, porque desenmascara el carácter terrible del poder y su absoluta falta de luces. Xingjian se mueve entre la teoría de los pronombres de Benveniste y la misteriosa geometría de Borges. Todo ello, con una técnica cuyo encanto impide penetrar en su sentido, aunque no en su extraña profundidad, caracterizada por la doble emoción del lugar y del tiempo. Xingjian blinda su relato con una teoría del relato que es lo más posmoderno de este narrador para el que las categorías se confunden y que, como Eliot, afirma que no se puede distinguir qué es resultado de la imaginación y qué de la experiencia. Para él “la novela es una producción de la sensibilidad” que “sumerge en una mezcla de deseos los códigos de los signos arbitrariamente construidos” y que, como la vida, “no responde a una finalidad”. El juego de contrarios, las invocaciones a Buda Amithaba, las digresiones sobre la pintura de Bada y de Gong Xian o las alusiones a Lu Xun preparan la mente del lector para ese gran remolino crítico-ideológico que es el capítulo 72, un filosofema con la forma de verdad de un chiste, en el que declara que la nada no es lo mismo que el vacío y que la novela “es el arte del lenguaje”, en el que cabe todo lo que se sepa decir bien. Xingjian ha escrito en una época tan mala para la literatura como para la política y se ha asomado a la realidad de un mundo cuyo sentido escapa tanto de nosotros que ni la religión ni el arte nos lo permiten intuir ni ver. La montaña del alma es una forma de Bildungsroman y, por ello, de peregrinación, angustia y búsqueda, en la que el sujeto moderno se puede, sino identificar, sí reconocer: reconocerse. No faltará quien diga que esto no es una novela, y habrá quien le niegue no sólo su materia y técnica narrativas sino misma literariedad. A unos y otros habrá que recordarles que Gao Xingjian no es un autor del siglo XIX, sino de la segunda mitad del XX y que, como tal, trabaja un género literario abierto, el más abierto de todos cuantos todavía hay. El mayor mérito de una novela como ésta reside en su carácter caleidoscópico y en que su diversidad de formas está al servicio de una orgánica única. Novela de la memoria, y a la vez, de la historia, La montaña del alma es también una obra de crítica política, cultural y social en la que China viene a ser su único protagonista. El lector se acerca así a un proceso que aquí es hermenéuticamente analizado tanto a la luz de su geografía como en el continuum de su sucesión. La traducción es bastante cuidada -sobre todo en el léxico, la sintaxis y el ritmo- aunque abundan las erratas y hay un exceso, demasiado frecuente, de galicismos. Sin embargo, hay que decir que los traductores han mantenido la calidad literaria del texto y de la página a lo largo de toda su versión.





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