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La América colonial (1492-1763)

Pedro Pérez Herrero

Síntesis. Madrid, 2003. 416 páginas, 19’53 euros

LUIS RIBOT | 04/09/2003 |  Edición impresa


Templo Maya de Palenque

Hace unas décadas, la Historia de América constituyó en nuestro país un área propia. Surgió así una especialidad que, a diferencia de las otras áreas historiográficas (como la Historia Moderna o la Contemporánea), no se ocupa de un período cronológico determinado, sino que tiene como objeto analizar de forma diacrónica la historia del continente americano.

Dicha anomalía respondió más a intereses particulares que a la conveniencia científica. No obstante, se explicaba también por el carácter radicalmente eurocentrista de la historiografía convencional, poco dispuesta, en consecuencia, al estudio de otros ámbitos geográficos.

Los efectos nocivos de bastantes años de separación son evidentes, hasta el punto de que muchos modernistas y contemporaneístas desconocen las realidades del otro lado del Atlántico. Y al revés, muchos americanistas conocen mal la historiografía sobre España y Europa. El problema no afecta sólo a la necesidad de aplicar un método comparativo -que resulta en la actualidad una precisión científica ineludible para cualquier historiador- sino también a la propia índole de un sujeto histórico como fue la Monarquía española a partir de 1492, una entidad política que no se restringía al espacio europeo, sino que ya desde el siglo XVI era un imperio mundial.

La visión de la Monarquía como un conjunto único es uno de los méritos evidentes del libro de Pérez Herrero, que se plantea problemas habituales para los modernistas no americanistas, como el poder, la Corte o el Estado, y aplica al mundo americano ideas habituales para los estudiosos “europeos” de la Monarquía, como el papel clave del soberano en la estructuración política y social, la importancia de la fe católica como elemento integrador, o el carácter esencial de los pactos de reciprocidad entre las diversas fuerzas sociopolíticas.

Fuertemente influido por la sociología y la antropología, su estudio es un intento inteligente y bien documentado de analizar, no una u otra parte, sino el conjunto de la América colonial, lo que le convierte en un libro imprescindible por el deseo de integración y explicación de los diversos territorios, periodos y temas. Un objeto tan amplio, sin embargo, resulta difícilmente abarcable, por lo que el autor -que ha realizado anteriormente trabajos de historia económica- se centra en el análisis de la política, y sobre todo la sociedad, auténtico eje del libro. Si toda historia ha de responder a las inquietudes del presente, el acercamiento de Pérez Herrero a la América colonial se justifica por la pretensión de encontrar en ella claves que nos permitan entender las peculiaridades de las sociedades iberoamericanas, sus fuertes desequilibrios, injusticias y desigualdades, o la difícil realización allí de la democracia. Reiteradamente critica las interpretaciones historiográficas realizadas en otros momentos y desde otros supuestos, como los del nacionalismo postindependentista, el indigenismo o el hispanismo. Y ello, junto con su buen conocimiento de la bibliografía, constituye otro de sus méritos. Su actitud, siempre crítica, huye de interpretaciones fáciles y de la historia de buenos y malos.

Pérez Herrero establece una periodización particular: los primeros experimentos antillanos (1492-1520), la sociedad de los conquistadores (1521-1555), la época de los Austrias mayores (1556-1630), la de los Austrias menores (1631-1700), y el primer reformismo Borbónico (1701-1763). En todas estas fases, el poder y el gobierno de las Indias fueron el resultado de la interacción de tres elementos: la corona, los conquistadores -y más adelante los grupos de poder locales- y la Iglesia. Un sistema que implicaba determinados equilibrios, que fueron alterados en el XVIII por la acción del poder real, abriendo paso al independentismo.

A pesar de sus indudables valores, el libro adolece en ocasiones de cierta rigidez interpretativa. Por otra parte, no estudia con la misma profundidad los distintos periodos, centrándose esencialmente en las fases iniciales y el XVI. La conclusión del estudio en 1763 resulta también inadecuada, al eliminar lo esencial del reformismo ilustrado.




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