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Diccionario de literatura española

Jesús Bregante

Espasa. Madrid, 2003. 1237 páginas, 54 euros

RICARDO SENABRE | 27/11/2003 |  Edición impresa


Luciano G. Egido, Luis Landero, Fernando Aramburu y Joaquín Leguina

A la nutrida serie de Diccionarios Espasa que abarcan los más variados campos del saber, desde la fotografía o la medicina a las ciencias ocultas, se añade éste dedicado a la literatura española, que cuenta con varias obras anteriores análogas, como el ya clásico Diccionario de literatura española de la Revista de Occidente, el de Sáinz de Robles, el Diccionario de la literatura universal de Anaya o el que, coordinado por Ricardo Gullón, publicó hace pocos años Alianza.

El lector que acude a obras de este tipo no pretende informarse acerca de la historia literaria, que aquí se encuentra desarticulada, sino buscar informaciones o datos concretos. La amplitud y la precisión de los datos ofrecidos -fechas, nombres, títulos, inventario de obras, etc.- es, por tanto, lo que determina el valor y la utilidad del diccionario en cuestión. éste de Jesús Bregante pretende, como es lógico, recoger más entradas que sus antecesores. Lástima que la calidad no acompañe a tan loable empeño. Resulta sorprendente, en primer lugar, su indefinición del concepto de “literatura”, porque aquí se incluyen, junto a escritores, algunos lingöistas, historiadores de la literatura e historiadores a secas. En algunos casos se entiende: el historiador Manuel Fernández álvarez, por ejemplo, ha cultivado también la literatura narrativa -y el teatro, aunque aquí no se consigne-, lo que podría justificar su inclusión. Pero éste no es el caso de Vicens Vives o de Carlos Seco Serrano, cuya presencia en este diccionario exigiría la de otros nombres que no aparecen, como Artola, García Cárcel, Teófanes Egido, Varela, Jover, álvarez Junco y muchos más. Es inexplicable que se haya considerado necesario incluir a historiadores de la literatura, como Moreno Báez, Díez Borque o Jauralde, y no figuren Antonio Vilanova, Baquero Goyanes o Emilio Orozco. También resulta extraña la inclusión del lingöista Juan Ramón Lodares, no por escasez de méritos -es autor de dos libros más de los que aquí se mencionan-, sino por la ausencia de otros con obra no menos importante y extensa. Caben dos explicaciones: o que Lodares es profesor en la misma Facultad en que el autor estudió, o que, a pesar de su condición de lingöista, haya logrado ser “uno de los autores con mayor número de ventas”, según Bregante señala, sin duda como índice de calidad.

Estos titubeos en la selección de autores son particularmente graves en algunos casos. El esfuerzo del autor por alargar el ámbito de su obra hasta nuestros días le lleva a incluir a numerosos escritores jovencísimos que sólo han publicado de momento una novela o un libro de poemas, casi siempre en estos últimos tres años: Inmaculada Contreras, Silvia Grijalba, ángeles López, Esther García Llovet, David Tejera, Pedro Luis Díez Orzas, Domingo Baquero, Javier Cano, Coloma Fernández Armero y muchos más, cuyo futuro literario es aún incierto. La obsesión por la juventud provoca a veces un desplazamiento de los padres en beneficio de los hijos. Así, por ejemplo, figura en el Diccionario ángela Labordeta, pero no a su padre José Antonio, que, mucho antes de su actual dedicación política, era ya poeta de obra extensa, autor de libros de relatos y hasta de un volumen de memorias.

Pero lo peor es que el afán de incluir a autores jóvenes lleva aparejada la ausencia de muchísimos nombres, unos jóvenes y otros no tanto, pero todos ellos con obra más consistente que la de los alevines citados. Así, entre los jóvenes no figuran los granadinos José Abad (nacido en 1967), que ha publicado al menos tres novelas, o el poeta José Rienda (nacido en 1969) -del que conozco cinco libros, aunque puede ser que haya más-, junto a otros autores de los que enumero algunos al azar: ángel González de Quesada -con abundantes poemarios y premios-, Alonso Guerrero -últimamente muy citado por razones extraliterarias-, Gonzalo Hidalgo Bayal -sólido novelista y ensayista-, Rufino Félix Morillón -poeta del que acaba de aparecer por fin su obra íntegra recogida en un grueso volumen que lleva como título El tiempo y el mar-, Àlex Susanna, Manuel Vilanova, Antonio A. Gómez Yebra, Miguel Flores, Jacobo Martín Gabriel, Rosendo Tello, Joaquín Ortega Parra, Rosa Romojaro, Federico J. Silva o Antonio Carlos González. Especialmente grave se me antoja la ausencia de Juan Pérez Creus, sin duda el mejor epigramista español del siglo XX -a cambio figuran Moncho Alpuente o (¡Dios del cielo!) Juan Luis Cano, uno de los componentes del dúo Gomaespuma-, y más aún la de Eugenio Frutos, con una importante obra poética, por fortuna ya publicada en su mayor parte, y con varios libros de ensayo. Escritores como Antonio Zoido, que publicó poesía, crítica de arte y narrativa -no hay que olvidar su novela El último de la conquista-, o Agustín Salgado Calvo, autor de novelas de gran intensidad, como Tierra desolada o La grama, tampoco tienen cabida en estas páginas, a la vez generosas, injustas y arbitrarias.

Junto a las omisiones, las inexactitudes o los errores. En muchos casos no se indica la fecha de fallecimiento de los autores, que aparecen, por tanto, como vivos -Eugenio Asensio, Martín Alonso, Jesús Alviz, Marcial Suárez, etc-, o se incurre en otros yerros: Pilar Mañas Lahoz no nació exactamente en Madrid, como se afirma, sino en Aranjuez; el poeta cordobés Francisco Gálvez no nació en 1945, sino en 1954; del narrador Carlos Sánchez Pinto se dice que es valenciano y autor de la novela El mundo por un agujero. En realidad nació en Salvadiós (ávila) y ha publicado tres novelas más, y también cuentos. (Estos recortes son frecuentes. De Gregorio Morales se citan tres novelas, pero ha publicado siete; los dieciséis libros de Ignacio Caparrós se reducen a cuatro. Et sic de caeteris). Se cita la obra de José Luis García Martín Al doblar la esquina como novela, cuando es un libro de poemas. La presunta “novela” de Andrés Trapiello Mar sin rodilla es en realidad Mar sin orilla, y se trata de un conjunto de ensayos. Se habla de las Crónicas de “Gerardo Rivera”, de Domenchina, como de un “ensayo de crítica literaria”, pero es una agrupación de artículos y reseñas. La entrada “Montero Glez” remite a “Glez, Montero”, como si Montero fuese nombre de pila, cuando es el primer apellido del autor, como sucede en “Espido Freire” o en “Campos Reina”. Pedro de Castro y Anaya se convierte en “Pedro de Castro y Añana”. No hay espacio para consignar aquí ni siquiera una mínima parte de los continuos errores e insuficiencias que salpican cada página. Pero, ya que no el rigor, el autor exhibe la rara virtud de la amistad, y no olvida incluir, con todo lujo de detalles, a sus compañeros de docencia en el Instituto Cervantes de Roma, Juan Vicente Piqueras y Juan Carlos Reche, ni de prodigar elogios al jefe de estudios del mismo centro, Casto Fernández, incluido también en el capítulo de agradecimientos del prólogo.

Abundan las informaciones irrelevantes. Si se consideraba necesario anotar algo tan evidente como que Jorge Cela Trulock es hermano de Camilo J. Cela y Antonio Machado hermano de Manuel Machado, ¿por qué no indicar que Andrés Sorel es hermano de Antonio Martínez Menchén? ¿Y qué importa, si se decide incluirla en el repertorio, que Carmen Rigalt sea “muy conocida por sus numerosas polémicas con los personajes del así llamado ‘mundo del corazón’”? ¿Para qué detallar la historia política de López Crespí, “siempre de izquierda marxista”?

Más grave aún, si cabe, es la distinta extensión otorgada a unos autores y otros, porque es un signo que orienta acerca de su valor en la serie literaria y en la historia. Las exiguas líneas que obtiene esa joya que es el Estebanillo González delatan una miopía atroz. Conceder más espacio a un recopilador y divulgador como Sáinz de Robles que a don Bartolomé José Gallardo es caminar a oscuras, lo mismo que colocar a Lauro Olmo o Alfonso Paso por encima de Arniches. Que a poetas como José Luis García Martín o Guillermo Carnero se les dé más extensión que a Espronceda es tan aberrante que ni siquiera gustará a estos poetas y profesores de literatura, que también se sorprenderán al comprobar cómo el exquisito poeta barroco Luis Carrillo y Sotomayor recibe aquí menos atención que Emilio Carrère, o que Luciano G. Egido, Luis Landero y Fernando Aramburu, tres de los mejores narradores actuales, se equiparen a Joaquín Leguina y tengan la mitad de la extensión que se concede a Lucía Etxebarría. Pero ¿qué es literatura pa-ra el autor de este desnortado fichero?

Este Diccionario confunde más que aclara, y, en suma, tergiversa de muchas maneras la realidad. Quien haya decidido su publicación en la útil serie de Diccionarios de Espasa ha lanzado un torpedo que ha hecho blanco en la misma línea de flotación de la prestigiosa editorial.




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