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Lunes, 01 de septiembre de 2014
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Diccionario de Filosofía

Jacobo Muñoz (dir.)

Espasa. Madrid, 978 páginas, 54 euros

PATXI LANCEROS | 15/01/2004 |  Edición impresa


De arriba a abajo y de izda. a dcha.: Ortega con Heidegger, Hegel y Hume

La Ilustración introdujo, entre otras cosas, la pasión por el conocimiento total, articulado y rigurosamente ordenado. Las enciclopedias y los diccionarios -no olvidemos que el más famoso de los textos que caben en la designación llevaba el doble título de Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios- sustituyeron a la Summa.

Se alumbraba una disposición del conocimiento que no dependía de un presupuesto ontológico o lógico, sino que se sometía al disciplinado rigor de la serie alfabética. A las obras de carácter general siguieron las de ambición específica. Aquellos diccionarios temáticos en los que una determinada área era escrutada de forma rigurosa y exhaustiva. A esa estirpe pertenece el Diccionario dirigido por Jacobo Muñoz. La breve Introducción presenta este trabajo como una obra “abierta, amplia y ecuménica”, tres calificativos que se compadecen bien con el texto posterior y que pretenden señalar las características necesarias de un diccionario de filosofía que se publica en los comienzos del siglo XXI.

Si el final del siglo pasado presenció una especie de liquidación de la tradición filosófica antecedente, si incluso se decretó la “muerte de la filosofía”, una obra de este tipo, con ambición omnicomprensiva, no puede ser ajena a la agitación del tiempo y a la variación de las costumbres, ni a las oscilaciones de un ánimo que recela de los dogmatismos, que no consiente fácilmente jeraquías, que duda de los fundamentos o que desdeña los programas. Conscientes de esta situación, Jacobo Muñoz y su equipo (Germán Cano, ángel Manuel Faerna, Pablo López álvarez, Eugenio Moya Cantero y ángeles J. Perona) han optado por una equilibrada relación entre historia y actualidad, entre tradición y renovación. Su Diccionario no admite la reducción de la filosofía “a una disciplina volcada a la más o menos melancólica administración de su glorioso pasado”; entendiendo la filosofía como “conciencia crítica” de una cultura -y, en el extremo, de la cultura- las sucesivas entradas del Diccionario escenifican un diálogo entre los diversos estratos evolutivos del pensamiento filosófico y la mirada que los ordena y distribuye, una mirada contemporánea, formada en este tiempo y definida por él, que se ejerce atrayendo el presente al pensamiento y al concepto.

Escasas omisiones detecta el lector; tampoco tratamientos desproporcionados, o escasos. El equilibrio es la norma. No era fácil la apuesta. Una presentación de la Filosofía, en su historia y sus sistemas, en sus escuelas y autores, en sus textos más relevantes, es una tarea imposible. El Diccionario de Jacobo Muñoz elige, para hacer justicia a tan ingente material, una articulación entre las diferentes entradas que apenas deja resquicios. El índice analítico que cierra la obra es un instrumento fundamental. Puede decirse que todos los paisajes relevantes han sido censados. Las voces del diccionario son adecuadas en su extensión y precisas en la información. La dificultad de resumir lo más relevante de un pensador o de una corriente filosófica, de un concepto o de una escuela ha sido bien solventada. Y en la redacción no se detecta la obsesión por la “objetividad absoluta”, por la objetividad imposible, que es una de las formas de la mentira o del error. Cada uno de los autores se hace cargo de sus materias, con la responsabilidad que ello implica.

Como suele ser habitual en este tipo de obras, se impone una elección inicial a la hora de determinar las entradas. En este diccionario se ha prescindido de las voces que remiten directamente a tecnicismos (lo que no quiere decir que éstos hayan sido eliminados del texto) para responder al espacio y al esfuerzo que reclaman los filósofos, los conceptos y las escuelas o movimientos. Tres categorías que se reparten, de forma equilibrada, el contenido del texto. Tres categorías que son suficientes para trazar la senda de varias historias de la filosofía, o para seleccionar todos los rasgos relevantes de una tradición, o para comprobar las variaciones de un concepto. Acaso la gran virtud de un diccionario sea esa: que contiene, no sólo por su extensión sino por su organización, muchos libros en uno; que abre vías alternativas de lectura y de investigación. Un ejemplo: se puede empezar a leer el Diccionario por la entrada “liberalismo”, y de ella pasar a la siguiente: “libertad”. Se puede seguir la pauta que el texto ofrece y asistir a la gestación filosófica de esos dos conceptos, visitar a los autores más relevantes en la historia de los mismos, acceder a los debates contemporáneos, a las críticas. Memoria de procesos múltiples, el Diccionario de Filosofía es, ante todo, el ejercicio de una mirada crítica y responsable.

Para proponer una obra como esta se necesita información, criterio. Y una notable osadía. Jacobo Muñoz a lo largo de muchos años había dado sobradas muestras de precisa información, de riguroso criterio, pero concebir y dirigir una obra como ésta es también una muestra de valor: el valor de enfrentarse con la necesaria competencia a la condición actual de la filosofía: que no admite presuntuosas seguridades, que no tolera apresurados reduccionismos.




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