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Los felices 90: la semilla de la destrucción

Joseph Stiglitz

Trad. V. Gordo y M. Ramírez. Taurus. Madrid, 2004. 352 páginas, 19’50 euros

Joseph E. Stiglitz (Gary, Indiana, 1943) siempre fue un genio precoz: así, comenzó a dar clases en la Universidad de Yale en 1970, con apenas veintisiete años; en 1979 obtuvo el premio John Bates Clark, concedido por la American Economic Association para economistas menores de 40 años, y en 2001, el Nobel de Economía. Considerado el economista más brillante de su generación, ha enseñado en Princeton, Stanford, Oxford, y en la actualidad en la Universidad de Columbia (Nueva York).


PEDRO TEDDE DE LORCA | 08/04/2004 |  Edición impresa


Joseph Stiglitz. Foto: Paco Toledo

Los felices 90: la semilla de la destrucción es una prolongación de El malestar en la globalización (Taurus, 2002), que fue traducido a veinte idiomas. Con esa publicación y el consiguiente revuelo editorial, Stiglitz se convirtió en el economista más conocido por el gran público, entre aquellos que recibieron el premio Nobel en los últimos veinte años.

En su caso, le fue concedido, de manera conjunta con G.A. Akerlof y A. M. Spence, en el año 2001, por su análisis de los mercados con información asimétrica. Además, la biografía de Stiglitz contiene otras notas dignas de distinción, como su excelente curriculum académico en diversas universidades anglosajonas, su nombramiento como asesor económico del presidente Clinton en 1993 o su designación para la vicepresidencia del Banco Mundial, en 1997. Si se añaden a esta personalidad rasgos como su manifiesta simpatía por los movimientos anti-sistema y sus mordaces críticas al capitalismo norteamericano, podrá quizá comprenderse mejor su popularidad.

La lectura de este libro de Stiglitz resulta interesante, sobre todo, por su narración, a veces malévola, de las vicisitudes que experimentó la economía norteamericana en los años noventa, es decir, los años de la presidencia de Clinton, durante los cuales el propio Stiglitz fue algo más que testigo privilegiado; fue, en realidad, uno de los actores situados en la cabecera del elenco. En dicho relato se explica el desenvolvimiento del caso Enron y del no menos escandaloso caso Worldcom, el deslumbramiento de las nuevas tecnologías y la expansión de la burbuja especulativa en la Bolsa, por cierto con una crítica inclemente de la actuación de Greenspan al frente de la Reserva Federal (páginas 103-106).

Uno de los objetivos preferidos por Stiglitz en sus ataques discursivos es el Fondo Monetario Internacional (FMI), uno de los grandes organismos nacidos, al igual que el Banco Mundial, de la reunión de Bretton Woods, en 1944.

En estas páginas se acusa al Fondo de aplicar estrictas recetas de ajuste a los países emergentes con dificultades en sus balanzas de pagos, hasta el punto de comprometer sus procesos de crecimiento, en aras de la restauración del equilibrio monetario internacional y de la seguridad financiera. Ello pondría de manifiesto un sesgo ideológico sub- yacente en dicha organización, lo que el autor denomina “fundamentalismo del mercado”. Sirva tan desenvuelta expresión para poner de manifiesto la ligereza expositiva de este libro, más propia de un manifiesto antiliberal que de una reflexión histórica.

Stiglitz es uno de los más distinguidos miembros de la nutrida corriente de economistas neokeynesianos que hoy ocupan puestos de relevancia en el mundo académico norteamericano, menos condicionado por las teorías liberales de lo que comunmente se cree. Lógicamente, Los felices 90 están contemplados a través de aquella interpretación. Por ejemplo, cuando nos comunica su convencimiento de que el Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro, en los años noventa, se aliaban para defender, en los países emergentes y receptores de ayuda, unas políticas de equilibrio presupuestario, desreguladoras, contrarias a la intervención del Estado en la propiedad o actividad de las empresas, que estaba ideológicamente en las antípodas de aquella defendida por los demócratas norteamericanos para su propio país (pág. 275). Sin embargo, como reconoce en el capítulo segundo de este libro, durante la presidencia de Clinton no fue posible un incremento del gasto público en investigación y desarrollo tecnológico, debido a las limitaciones presupuestarias y a la oposición del Congreso. Stiglitz era partidario de una mayor discrecionalidad en la política fiscal norteamericana y también de que el Fondo Monetario Internacional regresara a su concepto primigenio, la de expandir con sus créditos las economías que se encuentran con dificultades para conseguir un crecimiento sostenido.

Con la perspectiva de diez años, el mandato del presidente Bill Clinton aparece hoy como un un período de disminución de la pobreza, de aumento de la productividad, de estabilidad de precios -cuestión esta de la que Joseph Stiglitz parece sentirse particularmente orgulloso-, y de reducción del déficit fiscal. Tras la lectura de Los felices 90: la semilla de la destrucción, y a pesar de la proclividad del autor hacia las políticas de raíz keynesiana, y de sus críticas a la tendencia opuesta de signo liberalizador, la imagen de aquel tiempo sobresale por sus logros de ruptura tecnológica y crecimiento de la productividad (hasta el punto de romper la amenaza de una recesión indefinida), sobre las sombras de las crisis financieras y los escándalos empresariales.




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