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El vano ayer

Isaac Rosa

Seix Barral. Barcelona, 2004. 309 páginas, 17 euros

RICARDO SENABRE | 17/06/2004 |  Edición impresa


Isaac Rosa. Foto: Archivo

Siguiendo una tendencia reciente a mezclar historia y ficción -que ha producido éxitos editoriales como Soldados de Salamina-, el joven escritor sevillano Isaac Rosa plantea su novela El vano ayer como el desarrollo de unas vidas y unos hechos situados en la posguerra española y avalados por documentos y estudios que se recogen al final, como el apéndice bibliográfico de cualquier monografía histórica.

Esta vuelta a los orígenes del género, cuando los primeros narradores de novelas proclamaban que sus historias se ajustaban a la verdad, ofrece, sin embargo, aspectos poco habituales en la narrativa reciente. En primer lugar, no existe un relato lineal, como cabía esperar del propósito de reconstruir la vida de un profesor universitario supuestamente represaliado al mismo tiempo que Aranguren, Tierno Galván, Montero Díaz y García Calvo. Hay, por el contrario, un proceso continuo de desconstrucción. El autor entra en el relato, apela al lector -o es interpelado por éste-, muestra los caminos posibles que podría seguir, da entrada a voces diversas y a versiones radicalmente distintas de los hechos -incluso utilizando en algún caso el artificio de las dos columnas paralelas y de contenido contradictorio, como ya ensayó Pérez de Ayala-, somete la materia narrativa a toda clase de vaivenes y parodias librescas y la sirve cuidadosamente desvertebrada (en rigor, la historia de El vano ayer no tiene principio ni fin), si bien establece nexos internos y correspondencias que ayudan a paliar los efectos de las epanalepsis y los enfoques cambiantes (véanse, entre otras, págs. 61 y 299, o bien 152 y 302-303). Es como si asistiéramos a un experimento análogo al de Gide en Les faux monnayeurs, actualizado y enriquecido por consideraciones implícitas acerca del carácter problemático de la verdad y de sus relaciones con la ficción, y donde el autor se ha valido, además, de mecanismos narrativos muy estudiados por la teoría literaria, como la perspectiva y el punto de vista que introducen un factor de incertidumbre en los hechos expuestos.

Naturalmente, aunque algunos sucesos y personajes mencionados respondan a la verdad histórica, la aparición de elementos ficcionales lo ficcionaliza todo, e incluso deja pistas o concreciones materiales en el texto. Así, el activista estudiantil buscado por la policía y conocido como “Guillermo Birón” ha tomado su nombre de guerra de un personaje de novela popular. No debe, pues, buscarse en El vano ayer una crónica, a pesar de los datos reales que incorpora, sino un experimento novelesco organizado -sobre un fondo histórico, ciertamente- por un prosista cuidadoso y brillante, bien dotado para la ironía y la parodia y con ribetes sarcásticos que recuerdan a veces el tono de Tiempo de silencio, algunas páginas de Señas de identidad y del primer Marsé. Léase, en este sentido, el largo pasaje de las páginas 149-152, o los elogios de André Sánchez organizados de acuerdo con una secuencia pura y fríamente lexicográfica en las páginas 53-56.

La preocupación por la variedad y brillantez del conjunto, por la articulación de voces y estilos diferentes, por la heterofonía y la heterología de la construcción, por todo aquello que mantiene la novela en un ámbito literario y es difícilmente traducible a imágenes, da como resultado un relato sin personajes, o con personajes desdibujados y tópicos. Tal vez se trata de un precio excesivo sobre el que debería reflexionar Isaac Rosa, escritor notable que sólo de vez en cuando incurre en usos discutibles (trastoque por ‘trastueque’, pág. 189; ambidiestro por ‘ambidextro’, pág. 249) o vitandos (“daño infringido”, pág. 174; “mantenían fijo un ancla”, pág. 244).




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