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Teatro alternativo

por Luis María Anson, de la Real Academia Española

LUIS MARÍA ANSON, DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA  | 21/12/2006 |  Edición impresa


Ahí están los autores del futuro. Ahí, los directores. Ahí, las actrices y los actores. Ahí, los escenógrafos. Ahí, incluso, los productores, los empresarios. La temperatura del termómetro teatral sube a máximos en las salas alternativas. Es un gozo comprobar la explosión cultural que significa el joven teatro de vanguardia en Madrid, eficazmente impulsado por Ruperto Merino. Ellos son, en fin, como escribió Shakespeare en Hamlet, “el compendio y breve crónica de los tiempos”. Ellos impulsan, sobre todo en salas pequeñas como El Montacargas, la comunicación directa entre público y actores, el encuentro emocional que es, en sí mismo, el hecho teatral.

Nueva York, Londres, París, Buenos Aires forman con Madrid el repóquer de las ciudades de referencia con decisiva proyección teatral. Las cifras madrileñas apabullan, por la cantidad de las salas alternativas y el número de obras estrenadas o repuestas. He dedicado muchos artículos durante los últimos años a subrayar la significación profunda para la cultura española de la ebullición del teatro de vanguardia. Todos los años propongo para que se sitúe entre los doce finalistas del Premio Mayte a un representante del teatro alternativo. Incluso en una ocasión un actor con su interpretación memorable en el Olimpia, hoy Valle-Inclán, ganó el premio: Juan Antonio Quintana. He disfrutado mucho con los pasos alternativos de Paloma Pedrero, sobre todo con El color de agosto, con Cachorros de negro mirar y la interpretación excepcional de Natalia Garrido. También con Juan Mayorga y su cómplice Helena Pimenta en El chico de la última fila y con Ortiz de Gondra, Alfonso Armada, Rodrigo García, Angélica Liddell, el colectivo Pezrana, Itziar Pascual, Alfonso Pindado y tantos otros.

Escribo todo esto, porque hace cinco años asistí en la sala Triángulo a una representación de Zanahorias, una comedia ácida y ávida que introduce al espectador en el siglo XVIII. Su autor, Antonio Zancada, puso su espejo ante la condición humana de aquella sociedad por él inventada en un reino imaginado, Puritana, para reflejar la realidad de hoy y fustigarla. Un inteligente ejercicio teatral, en fin, del que me queda el vago recuerdo de la excelencia. Elogié la obra y la interpretación en una canela fina.

Y, ahora, tras un almuerzo con Paloma Pedrero, que es la mejor de nuestras dramaturgas, hoy, y que conoce bien los escenarios de las salas alternativas, me llega la noticia del éxito de Zanahorias en Broadway. Es la consagración del teatro alternativo español y motivo de orgullo para nuestra cultura. Aquel grupo, “Túeresboba”, (no sé si se referían a la ministra de Cultura de entonces), supo encender el escenario con una obra que, despreciada naturalmente por nuestras autoridades culturales, ha puesto una altiva pica en el Flandes neoyorquino de Broadway, en el teatro The Duke.

En su día, di instrucciones a los críticos de “ABC”, Lorenzo López Sancho, primero, y Juan Ignacio García Garzón, después, para que acudieran e hicieran crítica de las obras estrenadas en los locales alternativos. Hice lo mismo en “La Razón” y aquí en El Cultural. Y no es infrecuente encontrar en esas salas, auténticos cenáculos del teatro, a un veterano periodista, disfrazado de dependiente de El Corte Inglés, con su corbata y todo, que asiste con emoción contenida a las representaciones que allí se producen. Las chicas jóvenes saludan con deferencia a la rara avis que es un señor vestido de antiguo, enchaquetado y encorbatado, disfrutando como un enano en el centro de la vanguardia teatral. Ese periodista es, por cierto, académico de la Real Academia Española, no escribe teatro, pero se enamoró de la escena desde su adolescencia y tiene siempre la pluma despierta para descubrir valores, alentar a los grupos recentales, impulsar las formas todas de la dramaturgia. Y podría decir como Cervantes en el Quijote a los cómicos de la compañía de Angulo el Malo, Zancada y Zanahorias de la época: “... y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho; que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde muchacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula”. En mi mocedad y en mi avanzada madurez.


Zigzag

Alfredo Semprún ha escrito un excelente libro histórico que es, a la vez, una tremenda meditación galopante en forma de reportaje periodístico. En su obra anterior sobre el asesinato de Calvo Sotelo dejaba el autor huellas profundas de su capacidad para la investigación y la síntesis. Lo que destaca en La memoria oculta del PSOE en la guerra civil es la objetividad, la ponderación, el desapasionamiento, la exposición transparente de la verdad a la que cree haber llegado el autor. La convulsión de una época de perfiles atroces se convierte en serena expresión gracias a la escritura de Alfredo Semprún. El libro provocará algún escozor pero ahí están los hechos y las cifras, desnudos de opinión. El escritor ha diseccionado con cierta frialdad y el bisturí imperturbable, el cuerpo de la sociedad española de 1936, escribiendo un libro de consulta obligada, esclarecedor y, en muchos aspectos, incuestionable.


Luis María Anson


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