- ( 18/09/2009 )
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Nadie que quiera mantenerse en la objetividad puede negar que Mario Vargas Llosa ocupa lugar destacado entre los más grandes novelistas actuales. Su capacidad para introducirse, árbol adentro, río arriba, en el tejido psicológico de los personajes, su entendimiento de vanguardia para la estructura novelística y su poderoso aliento fabulador le han permitido desarrollar una obra literaria instalada holgadamente en el pelotón de cabeza del último medio siglo.
Mario Vargas Llosa es además un ensayista notable y un pensador riguroso e independiente. Está situado y reconocido en el Everest intelectual y sus ideas expuestas de forma translúcida le han convertido en referencia para gentes del más vario pelaje político e ideológico a lo ancho y a lo largo de todo el mundo.
La generosidad de Vargas Llosa al juzgar a otros escritores se ha hecho proverbial. Precisamente porque en la obra de Vargas Llosa no hay una sola concesión al éxito comercial, el escritor se ha permitido elogiar incluso a escritores considerados menores pero de gran éxito como Corín Tellado. Hay que echarle un par de dídimos. No coincido con Vargas Llosa en algunas de sus afirmaciones sobre la escribidora pero sí en su posición de no tratar con desdén el éxito popular y comercial de determinados autores.
Tenía yo pensada una Primera Palabra sobre Stieg Larsson y su Millenium, tras enfrentarme con el autor desde la objetividad y no desde la suficiencia. Vargas Llosa me ha pisado el artículo. Lo digo sin ira porque lo que ha escrito el autor de La tía Julia y el escribidor se ajusta mucho a lo que yo quería decir.
No comparto algunos entusiasmos de Vargas Llosa por la obra de Larsson ni siquiera por personajes tan sugerentes como Lisbeth Salander pero me parece admirable que, frente a ciertos intelectuales de salón, frente a la pedantería de determinaos críticos, el autor de La fiesta del chivo reconozca el mérito literario de Millenium y se resista a sumarse a la consideración tórpida de que calidad y éxito comercial son incompatibles.
La escritura novelística de Los hombres que no amaban a las mujeres, de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y de La reina en el palacio de las corrientes de aire, no deslumbra, esa es la verdad. Pero los aciertos narrativos de Larsson son tantos, sus personajes tan electrizantes, la intriga de lo que se cuenta tiene tan creciente interés, que sería negar la evidencia no reconocer la extraordinaria fabulación que desarrolla la trilogía.
Vargas Llosa afirma que una novela puede ser formalmente imperfecta a la vez que excepcional. Tiene razón. El genio literario no suele desarrollarse en los albañales de la perfección formal sino en la provocación y la fractura, en la huída de lo convencional, en la autenticidad de la creación. Millenium es, según Vargas Llosa, una sucursal del infierno, donde los jueces prevarican, los psiquiatras torturan, los policías y espías delinquen, los políticos mienten, los empresarios estafan, y las instituciones y el establishment en general parecen presas de una pandemia de corrupción de proporciones priistas y fujimoristas. Coño, se dirá el lector avezado, dejemos al Pri mexicano y al Fujimori peruano. Todo eso pasa en la Suecia espejo democrático del mundo, también en la Italia cachonda, la Corea canalla o la España de Zapatero.
Stieg Larsson puso su espejo de escritor ante la sociedad en la que vivió y ha enfrentado al lector, entre la zozobra y la pasión, con algunos profundos y permanentes problemas morales. Que, naturalmente, no resuelve, porque eso es lo que define y vertebra a la gran novela.
Luis María ANSON
ZIG ZAG
Cataluña es un lugar inhóspito para la cultura, le ha dicho Miquel de Palol a Nuria Azancot. El esnobismo, la pérdida de referentes culturales, la falta de de ambición, la autoignorancia definen hoy la realidad cultural de Cataluña según Palol. Tal vez no le falte razón pero las cosas no eran así hace sólo unos años. Por el contrario, Barcelona estaba considerada como una de las capitales europeas de la cultura. Esa posición ha sido desvertebrada por unos partidos nacionalistas decimonónicos y aldeanos que lo emporcan todo, incluso la libertad del idioma.