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Opinion Gatos ensartados

Esos premios

Gatos ensartados

IGNACIO ECHEVARRÍA  | 16/10/2009 |  Edición impresa

Por Ignacio Echevarría
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Nada o casi nada queda por decir sobre los premios literarios, objeto constante de sospechas, de denuncias, de toda suerte de requisitorias. Nada, sin embargo, parece socavar su buen funcionamiento, al que, con expectativas siempre renovadas, colaboran de buen grado las instituciones, las editoriales, la prensa, los libreros y, con particular entusiasmo, los lectores, los crédulos o hipócritas lectores.

Quedan sin nombrar los escritores, principales beneficiarios de este complejo tinglado. Los escritores, sí, a quienes los premios sirven de muchas maneras, ya sea como herramienta para darse a conocer o como rúbrica honorífica de su trayectoria; como golpe de fortuna o como tentativa más o menos lograda, más o menos astuta o claudicante, de acceder a un público más amplio.

En el artículo con que se inauguraba esta sección, Fernando Aramburu recordaba el malentendido que, siendo él muy joven, lo movió a promover su propia gloria -y contribuir, así, a su propia trivialización, según concluía- como feliz ganador de un discretísimo premio de poesía. En uno de sus relatos más célebres ("Sensini"), Roberto Bolaño volcaba su propia experiencia como escritor flotante, superviviente a fuerza de mandar cuentos a toda suerte de concursos convocados por ayuntamientos, diputaciones, cajas de ahorros...

No debe desdeñarse la función que, con sus dotaciones a menudo sustanciosas, cumplen este tipo de concursos, de los que nadie parece acordarse cuando el siempre polémico tema de los premios literarios sale a colación. Y es que esos concursos no sólo alientan vocaciones incipientes; nutren también la corriente espectral aunque abundantísima de la literatura sumergida, aquella que sólo en raras ocasiones emerge al circuito de las librerías pero de la que ofrecen testimonio el censo innumerable de autores desconocidos que han sido distinguidos ocasionalmente con algún premio o accésit.

Lo que se reconoce como literatura de un determinado país constituye apenas la punta de iceberg de millares y millares de vocaciones irresueltas o erradas o mediocres o tímidas, que no prosperan por muchas y muy azarosas circunstancias pero que representan, por así decirlo, la facción "civil" de esa misma literatura (que en la actualidad encuentra un sumidero en internet). Los premios literarios que en España promueven todo tipo instituciones municipales o provinciales o gremiales abonan y sostienen y a menudo justifican esas vocaciones y parecen cumplir por lo tanto un saludable papel regulador de esas capas freáticas tan determinantes para la fertilidad de cualquier literatura.

Otra cosa es que, contemplados de más cerca, estos premios ofrezcan un semblante más bien deprimente. En ellos se constata con especial claridad que "el mundo de la literatura es terrible, además de ridículo", como dice Sensini en el cuento de Bolaño. Unas palabras, estas últimas, que no dudaría en suscribir Thomas Bernhard, de quien estos días publica Alianza un librito póstumo titulado precisamente Mis premios. Se trata de una serie de sketchs autobiográficos relacionados con los premios que en los primeros años de su carrera literaria aceptó este autor, todos ellos concedidos por instituciones más o menos rimbombantes (no hay que olvidar que los premios comerciales promovidos por editoriales son un engendro peculiar de la cultura española, exportado desde aquí a Latinoamérica).

Con sus características maneras de clown (el librito es extraordinariamente cómico, además de aleccionador), Bernhard desgrana los malentendidos y las ruindades que se esconden bajo la campanuda fachada de los premios por él recibidos, algunos de ellos muy importantes, como el Premio Böchner, en 1970. Más allá de la cruel caricatura que hace de los solemnes actos de entrega, de los discursos de las autoridades, de los asistentes a esos actos, de la inutilidad y el despilfarro que todo ello entraña, Bernhard dibuja con hilarante precisión la mezcla de codicia, de cinismo, de vanidad y de servil sometimiento que determinan su propia actitud hacia esa mascarada.

“Durante todos los años en que seguí recibiendo premios fui demasiado débil para decir que no... Despreciaba a los que daban premios, pero no rechazaba estrictamente los premios. Todo era repulsivo, pero yo me encontraba más repulsivo que nadie. Odiaba las ceremonias, pero participaba en ellas, odiaba a los que daban los premios, pero aceptaba las sumas de dinero. Hoy no me resulta ya posible. Hasta los cuarenta, sí, ¿pero luego?”
Luego, se podría añadir, la codicia, la vanidad, el cinismo y el servil sometimiento, lejos de apagarse, tienden más bien a desenfrenarse. Y el escritor, por otro lado, se halla prisionero de una rueda imparable en la que un día le toca presentarse a un premio y el siguiente hacer de jurado, sin que se distinga ya en qué lado está.

E la nave va.






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