IGNACIO ECHEVARRÍA | Publicado el 19/11/2010 | Ver el número en PDF
Estuve con Nicanor Parra, en su casa de Las Cruces, frente al Pacífico. Allí me recibió el antipoeta, a sus 96 años de edad. Allí mismo lo conocí hace más de diez años, en compañía de Roberto Bolaño, que siempre lo señaló como uno de sus magisterios determinantes. Parra contaba entonces 85 años, y yo me preguntaba, al despedirme de él, si volvería a verlo. La misma pregunta me he hecho en cada ocasión en que he vuelto a visitarlo durante todo este tiempo, un tiempo dedicado en parte a editar, con el concurso de una amplia red de amigos, las obras completas de Parra, cuyo impulso originario surgió de aquella primera visita. Dentro de muy pocos meses aparecerá el tomo segundo y último, y sé que Parra seguirá en Las Cruces el día en que acuda a llevárselo. Me recibirá con su calidez habitual, y apenas prestará atención al libro, que dejará sobre una mesa para ponerse a charlar de cualquier cosa. Del voluntarismo yoísta en el que se empecina la mayor parte de la literatura contemporánea, por ejemplo. O de cuánto hemos sufrido por pensar que éramos lo que parecíamos.