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Opinión Mínima molestia

La parodia impasible

Por Ignacio Echevarría
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IGNACIO ECHEVARRÍA  | 17/12/2010 |  Edición impresa


Del ingente caudal de análisis y comentarios a que han dado lugar las filtraciones de cables diplomáticos del Departamento de Estado norteamericano hechas públicas por Wikileaks, destaco dos.

El primero es de Vicente Verdú (“La transparencia de la transparencia”, El País, 4 de diciembre), y alude a la impunidad del sistema supuestamente acosado y agredido por las revelaciones. Verdú emplea un acertado símil para describir los efectos del escándalo: esos relojes de carcasa tranparente, de moda hace unos años, que permiten observar el íntimo funcionamiento de la maquinaria. Como esos relojes, el sistema sigue operando imperturbable a pesar de hacerse visibles sus resortes. “De esta manera, cuando se dice que ha sido puesto en evidencia lo oculto, lo que se ve realmente es la ordinaria obviedad de su funcionamiento”, observa Verdú. Y añade: “El pecado oculto es suficientemente previsible como para que su visibilidad no añada nada”.

El ciudadano común lleva décadas consumiendo regularmente novelas y películas en las que, con mayor o menor grado de ficcionalización, se denuncian tramas corruptas o criminales que señalan y comprometen a las más altas esferas del poder. La consecuencia de ello, sin embargo, es la aceptación generalizada de que el poder es, en efecto, corrupto y criminal; y algo peor que eso: la presunción de que el crimen y la corrupción son condiciones ineludibles de su eficaz funcionamiento. “El procedimiento, por tanto, de exponer los 'sucios' asuntos a la luz no consigue el efecto de desvelarlos, sino de blanquearlos. O dicho de otro modo, su alumbramiento viene a ser el equivalente a la garantía de su continuidad legal.”

¿Qué hacer, entonces? La denuncia más eficaz suele ser la que incorpora en sí misma el castigo. Y quizás el castigo más letal que pueda aplicarse al político impune es el ridículo, eso que Bécquer llamó alguna vez “la muerte social”.

Más acá del pasmo y la indignación que puedan provocar las revelaciones de Wikileaks, los dichosos cables admiten ser tratados como testimonio de la mediocridad y de la idiotez de sus responsables. A este resepecto, vale la pena atender a lo que dice Josep Maria Ruiz Simon en una divertida columna titulada “Literatura de palacio” (La Vanguardia, 7 de diciembre). Ruiz Simon se refiere a los telegramas o cables diplomáticos como un género literario propio, provisto de “una larga historia en la que no faltan las contribuciones teóricas”. Y a este propósito cita un libro del diolomático holandés Abraham Wicquefort, L'Ambassadeur et ses fonctions, de 1682, en el que éste recomienda a los embajadores tener muy presente que escriben para sus príncipes o ministros, y que, al redactar su correspondencia, tienen que conocer su carácter y sus gustos.

“Nunca debe olvidarse, en efecto -apostilla Ruiz Simon-, que el embajador, al igual que el autor de best-sellers, se debe a su público, y que a menudo recurre a los trucos que considera más efectivos para captar su atención y ganarse su estima [...] La salsa literaria de alguno de estos telegramas [se refiere a los que ha hecho circular Wikileaks] se entiende mejor si se tiene en cuenta que un diplomático ambicioso nunca olvida que hacerse con la fama de perspicaz, inteligente o ingeniosamente chismoso ante la comunidad lectora a la que se dirige [la de los lerdos funcionarios del Departamento de Estado norteamericano, en este caso] puede ser una buena estrategia de promoción”.

La zafiedad y la ineptitud que tan a menudo ponen de manifiesto los cables filtrados por Wikileaks socavan la credibilidad tanto de los autores de esos cables como de sus destinatarios, y la socavan de forma potencialmente más efectiva que la doblez y las insidias puestas de relieve por esos mismos cables.

Ante la impotencia de toda reprobación ética, puede que sea la cruda exposición de la estupidez de los agentes del poder lo que, en la ofensiva de Wikileaks, posee mayor capacidad subversiva. Para referirse al proceder de ciertos novelistas, Pere Gimferrer acuñó hace ya mucho la noción de “parodia impasible”, es decir, “la parodia basada no en la deformación o caricaturización de los datos del caso, sino en su transcripción fidelísima y escueta, pero descontextualizada, de modo que, al aislarla de su contexto habitual y confrontrla con otros, se convierta en un ejemplo de discurso irracional bajo su apariencia, o mejor dicho pretensión, de máxima racionalidad”. Las filtraciones de Wikileaks, ¿no brindan una inesperada renovación de esta fórmula satírica, muy apta para ocasionar el bochorno de sus protagonistas y su consecuente escarnio? Adelante, pues.





Ignacio Echevarría


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