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Opinion Mínima molestia

Los escritores y su mito

Por Ignacio Echevarría
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IGNACIO ECHEVARRÍA  | 06/05/2011 |  Edición impresa


“Resulta interesante reflexionar sobre los mitos de los escritores. En el caso de Conrad, por ejemplo, tenemos el mito imperialista del hombre de honor, el estilista del mar. Este mito deja a un lado lo mejor de Conrad, pero al menos refleja la obra. Antes, los mitos de los escritores solían tener relación con su obra más que con su vida. Hoy día, sin embargo, los mitos de los escritores tienen que ver cada vez más consigo mismos, y su obra más bien estorba la imagen que se tiene de ellos. Las sociedades que produjeron las grandes novelas del pasado se han resquebrajado. Escribir es ahora algo más privado y suscita un interés más particular. La novela como forma ya no resulta convincente. La experimentación, al no ir dirigida hacia las verdaderas dificultades, ha perdido su sentido; y en la mente de lectores y escritores hay una gran confusión acerca del propósito de la novela. El novelista, al igual que el pintor, ya no reconoce su función interpretativa; pretende sortearla, mientras su público disminuye. Y de esta manera el mundo que habitamos, que siempre es nuevo, pasa ante nosotros sin ser examinado, vulgarizado por las cámaras, sin ser objeto de meditación.”

La tirada que acabo de transcribir corresponde a las líneas finales del soberbio ensayo que V. S. Naipaul dedicó a Joseph Conrad en 1974 (“Las tinieblas de Conrad”, incluido en El regreso de Eva Perón y otras crónicas, Seix Barral, 1983). Un texto ya viejo, que sin embargo mantiene intacta toda su potencia crítica. Quien lo escribió contaba entonces poco más de cuarenta años de edad y todavía no se había revelado como lo que hoy es para muchos: el más grande novelista vivo. Tanto más interés guarda, en consecuencia, su severo diagnóstico sobre la novela como forma, que él mismo había de contribuir magníficamente a renovar y a actualizar (para desentenderse finalmente de ella, según parece).

Por los años setenta, todavía cabía hablar de la experimentación como una tendencia significativa de la narrativa en todo el mundo -por mucho que, como dice Naipaul, equivocara a menudo el problema al que se trataba de dar respuesta. En la actualidad, calificar una novela de experimentalista equivale a anatemizarla, a menos que -como tan a menudo ocurre- el adjetivo se emplee estúpidamente para sugerir que una novela contiene un poco de complejidad o de travesura.

Naipaul acierta, en cualquier caso, cuando afirma que el novelista “ya no reconoce su función interpretativa”. A eso me refería -y disculpen el entrometimiento- en mi última columna, al tratar sobre el escritor nacional. Sólo que la visión de Naipaul tiene un alcance planetario, trasciende las fronteras. Su narrativa medita sobre problemas globales, y lo hace con sombría y admirable ecuanimidad. Puede que, como él dice, “las sociedades que produjeron las grandes novelas del pasado” se hayan resquebrajado, pero él mismo es la prueba de que el nuevo orden surgido de esa quiebra es capaz también de engendrar novelas excelentes dedicadas a examinarlo.

En cuanto a los mitos de los escritores, la tendencia que Naipaul observa no ha hecho más que incrementarse. Hoy es más cierto que nunca que el mito del escritor tiene que ver cada vez menos con su obra, de ahí que los escritores se prodiguen infatigablemente no tanto para hablar de ella como para hacerlo en lugar de ella.

Todavía está por evaluarse el impacto de lo que en su momento constituyó todo un género nuevo: la entrevista literaria, cuyo patrón -y cuyo canon, también- fue establecido por la Paris Review a partir de 1953. A este respecto, observaba Ángel Rama cómo este tipo de entrevista ha contribuido a difundir “esa vaga y perniciosa idea que se han hecho algunos lectores de que los escritores dicen las cosas realmente importantes en las sobremesas y no en sus libros”. El mismo Rama señalaba a Borges -el perfecto entrevistado- como paradigma de un nuevo escritor intelectual, entregado por completo “al reino de la publicidad y de la manipulación, como una cosa ajena a él pero dentro de la cual fluye y deriva”; resignado al disociamiento de dos esferas que antes permanecían conectadas: la del conocimiento público de un escritor y la de su influencia. Justamente en el extremo opuesto estaría Naipaul, con su profesión de antipatía y esa obra maestra de la iconoclastia que es la estremecedora biografía que le dedicó Patrick French (El mundo es así, Duomo, 2009), con el consentimiento del mismo Naipaul. Una verdadera lección.





Ignacio Echevarría


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