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El primer naufragio, 2. Del pillaje de febrero a los girondinos en abril

LUIS MARÍA ANSON, DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA  | 30/09/2011 |  Edición impresa


Manuel Godoy proyectó desembarcar 36.000 hombres en Normandía con orden de que marchasen sobre la capital de Francia. El plan fue acogido con sarcasmo e incredulidad. “Solo tendrían que transcurrir 151 años más -escribe Pedro J. Ramírez en su monumental obra El primer naufragio- para que alguien pudiera llevar a cabo ese desembarco de Normandía con éxito”. Alacraneado por el exilio, Godoy redactó sus Memorias, tan minuciosamente estudiadas por Seco Serrano. Murió en París en 1851 y su entierro en el Père-Lachaise, tan lejos de Pepita Tudó, fue presidido por Donoso Cortés.

La izquierda jacobina, empalmada con los enragés callejeros, se preparaba en febrero de 1793 para derrotar a la tórpida mayoría moderada de los girondinos que no supieron organizarse. El golpe de Estado significaría el primer naufragio de la democracia. André Chénier denunció la situación al escribir sobre los jacobinos y su club de la calle Saint-Honoré. “La ambición y la avaricia no respetan ni el honor ni la reputación. Las sospechas más odiosas, las difamaciones más desenfrenadas se presentan como libertad de opiniones. Quien pide pruebas de una acusación es un hombre sospechoso, un enemigo del pueblo. Allí toda absurdez es admirada con tal de que sea horrenda, toda muestra es acogida siempre que sea atroz”. Para Chénier la destrucción de los jacobinos era “el único remedio de los males de Francia”. “Ellos gritan por doquier que la patria está en peligro; lo cual desgraciadamente es cierto y lo será mientras existan”. Era imposible hablar más claro, concluye el autor de El primer naufragio.

Pedro J. Ramírez describe certeramente a los personajes de la época: a Vergniaud, el epicúreo, más cerca de Falstaff que de Hamlet; al atildado Robespierre, el de los ojos centinelas, del que Mirabeau dijo con ironía: “Llegará lejos, se cree lo que dice”; a madame Roland, la intrigante obsesionada que aborrascaba al viento; a Danton, “que no odiaba a Luis XVI, ni siquiera a la Monarquía”, del que Guadet ya en la Convención aseguraba: “Es hoy cuando Clodio va a mandar al exilio a Cicerón”, y al que algunos imaginaban “ahíto de oro y vino haciendo el gesto de Sardanápalos, el mítico rey de Babilonia” y del braguerío; a Dumouriez, el incierto intrigante; y a tantos y tantos otros, sin olvidar a Teresa Cabarrús, la española cachonda que fue miembra -membresse- del Club de 1789. “Premonitoria ironía -escribe Pedro J. Ramírez- de la palabra miembra, tan inexistente en francés como en español”.

El diplomático Iriarte, como su antecesor Fernán Núñez, escapan del caos de París y dejan en nuestra embajada a Ocáriz solo ante el peligro. En el teatro del Vaudeville se estrena La casta Susana, con sus descargas políticas. El periodista Ladevize, cercano a los moderados, es detenido. Los jacobinos temen que los contrarevolucionarios vuelen el edificio de la Convención y les comparan a los católicos que en la Conspiración de la Pólvora, abortada en Londres, planearon dinamitar el Parlamento. Collot d'Herbois habla de enviar tropas a Madrid y Londres para segar la cabeza de los reyes hostiles. Se crea el papel moneda que se hizo célebre con el nombre de “asignado”. Marat, con su voz de profunda madera desesperada, se mofa de Desmoulins y Chabot que tienen un “estómago aristocrático aunque su corazón sea patriota”.

En el Comité de Constitución de los Jacobinos figuran ya Robespierre, Saint-Just, Couthon, Saint-André, Collot y Billaud. Cinco meses después los seis formaron el núcleo duro del Comité de Salud Pública que se erigiría en gobierno revolucionario durante el Terror. “… lo que se estaba gestando allí -escribe Pedro J. Ramírez- era una operación encaminada a la conquista del poder. El idealista Condorcet pagaría con su vida el que tuvieran éxito”.




Luis María Anson


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