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Opinión Primera palabra

Enciclopedias, diccionarios, libros, internet

Por Luis María Anson, de la Real Academia Española
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LUIS MARÍA ANSON, DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA  | 23/03/2012 |  Edición impresa


Hace más de cuarenta años tuve la suerte de adquirir en Londres la gran edición del siglo XVIII de la Encyclopedia Britannica. Enriquece hoy mi biblioteca personal. Recuerdo muy bien que escondí los tomos en el suelo trasero del Seat 600 que era mi coche por entonces. Viajé en él a Inglaterra y me vine a España atravesando dos fronteras de angustiosa vigilancia por aquella época. No hace falta explicar lo que debió significar la Encyclopedia Britannica en la cultura y el ánimo del ciudadano inglés ilustrado, en los siglos XVIII y XIX.

Hoy se puede consultar ese gran diccionario enciclopédico en el teléfono móvil, sentado en una terraza de Manila, en una discoteca de Singapur o en un restaurante de Buenos Aires. He recorrido el mundo entero durante los años en que fui enviado especial o corresponsal de guerra del ABC verdadero, arrastrando el peso del Casares para disponer del diccionario de la RAE y el de sinónimos que le precedía. Me parece un milagro llevar ahora en el bolsillo todos los diccionarios que necesito y cuantos libros quiero leer.

El Quevedo preterido por la Corte, tan sagazmente estudiado por Darío Villanueva, se llevaba al destierro un centenar de libros en las alforjas con las que cargaba una mula benemérita. La gente se asombraba del despliegue quevedesco. “Desterrado en la paz de estos desiertos, con pocos pero doctos libros juntos, vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos”, escribió bellamente, profundamente, el escritor del Siglo de Oro que más interesa a las nuevas generaciones. Ahora nos trasladamos de una ciudad a otra, de una nación a otra, portando la biblioteca y todo el saber en un artilugio tan pequeño como una caja de cerillas.

¿Quiere decir todo esto que va a desaparecer el libro convencional? Creo que no. Se hará compatible con la informática. El libro tiene una serie de características que le permitirán sobrevivir. Eso sí, en la certeza de que el 80% de la lectura de libros se hará en pantalla. Pero, si la novela, la poesía, el ensayo perdurarán, en el formato convencional, los diccionarios, no. Los diccionarios de todo tipo, desde los enciclopédicos a los filológicos, quedarán enterrados en el cementerio de las bibliotecas en los próximos años y se convertirán en reliquias momificadas del pasado. Para cualquier consulta enciclopédica o filológica yo utilizo de forma sistemática el teléfono móvil. Y las nuevas generaciones no conocen otra vía para esas consultas que la informática.

Así es que a nadie ha extrañado que la Encyclopedia Britannica, diccionario emblemático durante casi tres siglos, haya decidido abandonar el papel para zambullirse en el océano digital, pasándose con armas y bagajes a la pantalla. No existe otro camino, por mucho que algunos derramen lágrimas de papel y lloren con llanto de piel de cocodrilo. La Real Academia Española, que es en estos momentos y en aspectos muy sustanciales la empresa más innovadora de España con una informática en vanguardia, no tiene otro remedio que reflexionar sobre el destino de su Diccionario excepcional, vertebrador del idioma para casi 500 millones de personas y cerca de una treintena de naciones. La edición de 2014, que conmemorará el tercer centenario de la fundación de la Academia el 3 de agosto de 1713, será la última en esa modalidad convencional. En lugar de renovarse cada diez años, el Diccionario de la RAE, podrá ser consultado, en pantalla, actualizado mensualmente. Asombran las cifras millonarias de personas que cada día visitan los diccionarios académicos. No me canso de elogiar el esfuerzo que los directores Lázaro Carreter, García de la Concha y Blecua han realizado para adelantarse en la vanguardia informática a las exigencias y necesidades del idioma.

Adiós, pues, adiós al papel impreso en los diccionarios. Bienvenida sea la pantalla en beneficio de todos.




Luis María Anson


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