LUIS MARÍA ANSON | Publicado el 25/05/2012 | Ver el número en PDF
Ortega y Gasset instaló a los toros en la cultura profunda. Pérez de Ayala le acompañó en el tributo a la fiesta. Ángel Álvarez de Miranda escudriñó el origen de los ritos y los juegos del toro. Goya se rindió a su magia. Picasso incendió la fiesta. Dalí la estilizó. Barceló la convirtió en pintura viva. Gómez-Pablos la hizo abstracta, azul y negra. Sobre la escultura móvil de los toros, sobre el ballet del arte y el valor, se volcaron la ópera, la novela, el ensayo y, sobre todo, la poesía. El millar de páginas del libro El siglo de oro de la poesía taurina, la antología de Salvador Arias Nieto, demuestran la profundidad y la extensión con que el mundo de los toros y el toreo han vertebrado la cultura española desde que Alfonso X el Sabio le dedicó páginas memorables en sus Cantigas hasta Federico García Lorca que se estremeció ante la sangre derramada por Ignacio Sánchez Mejías sobre el albero de la plaza de Manzanares, junto al estribo sombrío de la muerte, canto por el dolor, elegía que enlaza al autor de Yerma, cinco siglos después, con Jorge Manrique.