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Opinión Mínima molestia

Literatura nacional

Por Ignacio Echevarría
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IGNACIO ECHEVARRÍA  | 08/03/2013 |  Edición impresa


En octubre de 2010 participé en el I Encuentro Internacional de Literaturas Americanas, celebrado en Rosario. Allí leyó César Aira una extraordinaria conferencia sobre Amalia (1850), de José Mármol, novela que pasa por ser uno de los textos fundacionales de la literatura nacional argentina. Aira se resiste tozudamente a reunir sus ensayos, artículos e intervenciones sobre literatura, siempre excelentes, así que para leer el texto de la conferencia hay que descargárselo desde la biblioteca virtual Miguel de Cervantes (en YouTube circula un vídeo que la reproduce fragmentariamente). Al comienzo de su charla, Aira discurría sobre el concepto de literatura nacional, un asunto sobre el que le he oído hablar otras veces. En esta ocasión empezó diciendo:

Una literatura se hace nacional, y es asumida como propia por los lectores de esa nación, cuando se puede hablar mal de ella, no cuando se puede hablar bien. Eso último cualquiera puede hacerlo, con o sin sentimiento de pertenencia. Es como en los matrimonios o entre hermanos o amigos, cuando uno puede hablar mal del otro, pero no permite que lo hagan terceros. Que uno pueda hacerlo es un derecho que confirma la propiedad, la intimidad, el cariño y hasta el orgullo.”

A la luz de estas palabras, se me ocurre preguntarme de qué modo cumple la literatura española esta condición de literatura nacional.

No faltan los ejemplos de escritores españoles que han hablado mal de libros y de autores que forman parte del más indiscutible canon de la literatura española. Pienso en las violentas arremetidas de Juan Benet contra Benito Pérez Galdós o contra el Guzmán de Alfarache; en la famosa de Jaime Gil de Biedma contra Juan Ramón Jiménez; en la desmitificadora y deslumbrante lectura que Rafael Sánchez Ferlosio hace de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, en un apéndice memorable de Las semanas del jardín; por poner ejemplos próximos, en los que por ambas partes entran en juego nombres incontestables. Son ejemplos esclarecedores del tipo de relación beligerante con una tradición determinada que -conforme a las palabras de Aira- no sólo autoriza, sino que debería fomentar el sentimiento de pertenencia a ella.

Tampoco faltan ejemplos de maledicencia y agresividad en distancias más cortas, es decir, cuando se trata de autores estrictamente contemporáneos. Francisco Umbral, hace ya lo suyo, o Rafael Reig hace bien poco (y desde estas mismas páginas), han practicado casi deportivamente el ejercicio de zarandear a los escritores connacionales. Por no hablar del barullo de chillidos, insultos, mamporrazos y cuchicheos que no dejan de oírse desde la blogosfera.

Se podrían aportar muchos más ejemplos. Y tras hacerlo, oponerles el tono de general complacencia o de respetuosa condescendencia que suele imperar en la crítica española, al menos la más conspicua.

En los medios mismos en los que esa crítica actúa, suele prevalecer la consigna de obviar los comentarios negativos. Siendo tan desproporcionado el número de las novedades publicadas y del espacio disponible para tratar sobre ellas, ¿por qué hablar de libros malos o mediocres? ¿Por qué no limitarse a seleccionar aquellos que sí valen la pena?

Se me ocurren varios argumentos con los que salir al paso de semejante idea. Apuntaré dos. Muchos libros mediocres alcanzan, pese a serlo, una visibilidad e incluso un éxito notables por virtud de circunstancias que nada tienen que ver con su calidad literaria, ni siquiera con su interés. La crítica raramente puede hacer nada en estos casos, pero sí al menos -en la medida en que cumple un servicio público- dejar constancia del malentendido o de la estafa.

Por otro lado, la contundencia empleada en hablar mal de ciertos libros aspira sin duda a disuadir de su lectura; pero, lejos de desmotivar a los lectores, los mueve a pensar que alrededor de la literatura se juegan intereses, afectos, pasiones que desbordan la pretensión de mantenerse neutral y que, por eso mismo, abonan ese sentimiento de pertenencia al que alude Aira al hablar de la literatura nacional. Un concepto este que, en el caso de la literatura española, no sólo debilita y cuestiona la problematicidad que el sentimiento nacional entraña por estos pagos, sino también una aprensión generalizada hacia la crítica negativa que se traduce en un panorama indistinto, de nulos contrastes: una literatura carente de perfiles acusados, reconocibles, de líneas de fuerza susceptibles de orientar a un lector común a la hora de crearse algo semejante a un mapa cuyos contornos pueda dibujar con alguna familiaridad.




Ignacio Echevarría


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