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Opinión Mínima molestia

Ladridos

Por Ignacio Echevarría
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IGNACIO ECHEVARRÍA  | 31/05/2013 |  Edición impresa


Me alegra que Javier Marías piense que sí, que vale la pena hablar algo más del “compromiso” de los escritores españoles, aun si nos resignamos a emplear este vocablo con comillas.

Me estoy refiriendo al artículo titulado “La actual dificultad de morder”, publicado por Marías el pasado domingo 19 de mayo en El País Semanal. En él replica una columna mía (“Críticos y ‘comprometidos'”) en la que yo, a mi vez, protestaba por que metiera en un mismo saco, poniéndolos como ejemplos de escritores “comprometidos”, los nombres de “Savater, Vargas Llosa y Pradera, Ramoneda y Juliá, Azúa y Grandes y Millás, Torres y Rivas y Cruz, Montero y Lindo y Aguilar y otros”.

Recuerda Marías que él mismo avisaba que cabe encontrar a algunos de estos autores “detestables, demagógicos y a menudo errados”. Pero no desmiente haber dicho de todos ellos que han estado “comprometidos” (con las dichosas comillas), dado que todos ellos, desde su punto de vista, habrían sostenido, en las dos últimas décadas, actitudes críticas y vigilantes, alertando, cuando sucedían, de los abusos y desmanes cometidos por políticos, constructores y facinerosos de toda laya.

Mi sorpresa por ver aplicar ese calificativo a según qué nombres no tiene que ver, como presume Marías, con que yo restrinja su uso a las posturas de izquierda. A mí también, como a Marías, me parece plausible, hasta cierto punto, decir que Vargas Llosa y Savater están comprometidos con sus ideas. Y, ya puestos, Jiménez Losantos, por qué no. Pero me gustaría saber en qué sentido lo están algunos otros nombres de la lista. ¿O es que el compromiso de un escritor o de un intelectual se decide por el simple hecho de manifestar ocasionalmente el disgusto o el enfado que le producen ciertos datos de la actualidad? No me extraña que el vocablo “comprometido” le parezca a Marías “dudoso” si le parece adecuado emplearlo con autores como Juan Cruz o Elvira Lindo (dicho sea con todos mis respetos). Pero de ahí venía mi queja: de ver desvirtuado el vocablo por culpa de no hacer un uso más exigente y cuidadoso -más preciso- del mismo. Algo que no tiene que ver con la orientación ideológica de los concernidos, qué va, sino más bien con el respaldo que el conjunto de sus actitudes y manifestaciones públicas confiere a sus palabras.

A eso apuntaba mi columna: al generalizado abaratamiento de las palabras, consecuencia de haber sido vaciadas de toda noción de responsabilidad. Dice Marías que “hoy en día nada ‘muerde' a los políticos, aún menos a los financieros”, y se muestra resignado, al parecer, con la inutilidad de cuanto se escribe en la prensa, por buenas que sean las intenciones de los firmantes. Pero él mismo recuerda que “en la época de la hoy denostada Transición había ministros, y hasta presidentes de Gobierno, que mandaban a buscar el periódico del día siguiente a los quioscos de madrugada preocupados por el veredicto de un editorial o de un intelectual influyente”. ¿Qué ha pasado entretanto?

He tratado de explicármelo en otros lugares aludiendo a los efectos devastadores que, durante los años ochenta, tuvieron las políticas culturales del felipismo triunfante, con el que se alineó una buena parte de la clase intelectual. Algunas fotos de grupo, algunos nombramientos oficiales, ciertos saraos culturales sirven mejor que nada para entender qué pasó entonces. La prolongada connivencia entre el poder político y el medio que aglutinaba a muchos de los más caracterizados representantes de esa clase intelectual contribuyó por su parte a socavar poco a poco la tensión y la credibilidad de sus resortes críticos.

En un clima de entusiasta ecumenismo cultural, políticos y financieros se inmunizaron contra protestas y denuncias conforme fueron descubriendo que escasas veces iban secundadas por actitudes consecuentes. Había poco que temer de los perros ladradores, a menudo atados con cadenas doradas (y tan propensos, muchos de ellos, a menear el rabo). Y así los ladrones se hicieron dueños de la casa.

Pienso, con todo, que pudo haberse evitado.

Me asombra y me conmueve que, semana tras semana, un escritor con el crédito y el predicamento de Marías escriba sus artículos, a veces muy aguerridos, con el sencillo ánimo de “dar consuelo” a los lectores que lo aprecian y tal vez apuntar, sobre algunas cuestiones, “una perspectiva distinta”. Admito que desde las páginas de un magazín dominical no pueda aspirarse a mucho más. Pero en mi ingenuidad nada fingida procuro pensar que en general sí, sí se podría.




Ignacio Echevarría


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