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Opinión Primera palabra

El goce de leer

por Cristina Peri Rossi

CRISTINA PERI ROSSI  | 27/02/2003 |  Edición impresa

La pregunta “¿para qué sirve la literatura?” regresa cada poco tiempo, como la gripe o la guerra. Se la suelen hacer los escritores. No me imagino a Picasso preguntándose para qué sirve un cuadro, ni a Victoria de los ángeles para qué sirve la ópera. Pues bien: se lee para gozar



La pregunta “¿para qué sirve la literatura?” regresa cada poco tiempo, como la gripe y la guerra. No se la hacen, sin embargo, los millones de personas que no leen nunca un libro, como han proclamado orgullosa- mente los jovencitos de Operación Triunfo; no se la hacen los escasos lectores que van quedando en el mundo invadido por la tecnología: quien compra un libro, ha sentido, antes, un deseo. Se la suelen hacer los escritores. Si hasta ahora no ha tenido una respuesta definitiva es, en parte, porque se trata de una pregunta equivocada, sin sentido. ¿Para qué sirve coleccionar mariposas? ¿Para qué sirve escuchar música? ¿Para qué sirve dar un paseo? Las respuestas no pueden ser más que subjetivas, pero cuidado: la subjetividad es el mayor de los tesoros de la persona, el único inalienable; sin subjetividad, no hay ser.

Hace pocos días, el escritor Bernando Atxaga declaró que la literatura no proporcionaba la felicidad. Es una afirmación cierta, pero ¿quién ha sido el iluso que ha buscado la felicidad en la literatura? La felicidad no tiene escritura, no tiene texto, no tiene discurso, se goza, no se narra. La felicidad pertenece al orden de lo inabordable por el lenguaje, de ahí que los relatos orales con buen final acabaran cuando comienza la felicidad: “y comieron perdices”.

El tema le mereció a Gustavo Martín Garzo un extenso artículo en el diario El País del 9 de febrero, bajo el título de El cielo prometido. En él afirma que los libros son “una cosa rara” porque “no se sabe bien para qué sirven”. No me imagino a Picasso preguntándose para qué sirve un cuadro, ni a Victoria de los ángeles preguntándose para qué sirve la ópera. A continuación, Martín Garzo resume el argumento de algunos libros muy famosos para demostrar que se trata de sucesos extravagantes o anormales: un hombre que amanece transformado en una cucaracha o un “refinado personaje que subsiste cinco siglos, primero como hombre y luego como mujer”. Esta simplificación parece alarmante en un escritor; yo diría que el argumento de La metamorfosis, de Kafka, es el extrañamiento, el sentimiento de no pertenencia, de falta de vínculo, y diría que el argumento de Orlando, de Virginia Woolf, es la utopía de la idendidad perfecta, redonda, lograda a partir de los dos sexos, no de uno solo. Porque “el argumento” de una novela no es más que el pretexto para una intencionalidad: demostrar, enseñar algo, por horrible, doloroso o extraño que sea. Se narra algo “para algo”, es decir: con una intencionalidad, para provocar reflexiones, sensaciones, sentimientos, gustos, placer o displacer. Ningún relato es ingenuo, nada de lo narrado, nunca, ni siquiera un chiste, escapa a esta intencionalidad.

Todo el mundo lee estos días quilos de papel acerca de la posible guerra de Irak, y no se trata de una información placentera; el contenido, la guerra, no lo es, pero el placer consiste en saber. Creo que hemos dado con dos conceptos claves: no hay literatura sin intención (sin moralidad, en un sentido amplio del término) y no hay literatura sin placer. ¿Qué placer? No es uno solo, sino múltiple. El capitán Ahab de Moby Dick es un “monomaníaco y demente”, como dice Martín Garzo, pero ese es uno de los principales méritos de la novela: la descripción psicológica de un personaje, que no se limita a ser un individuo, sino que representa a muchos. Por desgracia, Hitler fue un monomaníaco, como Stalin. Hay un goce posible hasta en la locura. En efecto: los goces se justifican por sí mismos, son intensamente subjetivos. Hay gente que goza cambiando de coche, otros gozan con la televisión, fumando, jugando al ajedrez, haciendo el amor con mujeres bizcas o con hombres calvos; nada hay más subjetivo que el goce. Y se lee, querido Gustavo, para gozar, aun del dolor. Y yo diría que no hay placeres inútiles, valga la paradoja; la utilidad del placer es producir goce. Y el goce es una clase de bien, es decir, un valor. Muchos actos se pueden fundar en el deseo. Martín Garzo, en su diatriba contra la afición a leer dice: “Ni siquiera está claro que leer vuelva a quien lo hace más inteligente o compasivo. Los nazis leían a los grandes poetas alemanes, Novalis, Hülderlin”. Bien, que los nazis leyeran no puede descalificar la poesía. También leían poesía los miembros de la Resistencia, y la literatura del siglo XX está llena de novelas y poemas de lucha antifascista, de Brecht a Neruda, de Alberti al Diario de Ana Frank. La inteligencia es entender, y entonces sí, la literatura nos vuelve más inteligentes, aunque no siempre más compasivos. El diario que cité me enseñó, a los diez años, a tener piedad de los judíos; La madre, de Gorki, me enseñó el sufrimiento de las mujeres proletarias, explotadas por los patronos y por los maridos.

Sigmund Freud estudió en las obras literarias los principales fenómenos de la psiquis; nada menos que Sófocles fue quien le dio nombre al complejo que hoy es un lugar común hasta en el habla popular. Es decir: Edipo Rey fue útil hasta para fundar una disciplina, el psicoanálisis, de gran influencia en nuestros días. No nos hace más felices, es verdad, pero nos proporciona placer, aunque a veces sea un placer melancólico, masoquista, perverso. Sobre los placeres nadie puede decir la última palabra. Ni siquiera el Marqués de Sade.




Cristina Peri Rossi


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