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Viernes, 29 de agosto de 2014
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Y si un hombre ama a una cabra...

Josep Maria Pou estrena en el Romea de Barcelona lo último de Edward Albee

El actor Josep Maria Pou debuta como director, el próximo día 27, en el Romea de Barcelona. Lo hace con la última obra del norteamericano Edward Albee, La cabra o quién es Sylvia, un texto sobre la tolerancia que el autor estrenó hace tres años y no sin escándalo, ya que plantea una relación de zoofilia entre un hombre y una cabra. Además de Pou, en el escenario también están Marta Agelat, Blai Llopis y Pau Roca.


NURIA CUADRADO | 24/11/2005 |  Edición impresa


Pou da vida a un hombre de clase media que altera su vida familiar por una oculta pasión

La pasión, como impulso. Y La cabra, por compañera. Josep Maria Pou ha dado el salto a la dirección. Y, aunque dice que no hay pirueta, que “ser director no es un paso más en la carrera de un actor”, sí reconoce que lo hace con red: un texto de Edward Albee que asegura que es magnífico - “los diez mejores momentos de ¿Quién teme a Virginia Woolf? multiplicados por cien”- , del que se enamoró hace unos años, en 2002, cuando lo descubrió en Broadway de la mano de Bill Pullman y Mercedes Ruehl, y que se ha empeñado -como traductor, director, actor y productor- en descubrir a su público. Primero, en catalán, en el Teatre Romea de Barcelona, junto a Marta Angelat, Blai Llopis y Pau Roca; después, calcula que la próxima temporada, en castellano, con gira por España y larga parada en Madrid.

Una cabra: en el título y sobre el escenario. Una cabra como quinta protagonista. Y es que Albee lo que plantea sobre las tablas es la historia de amor, pasión y sexo entre un hombre, Martin, arquitecto y premio Pritzker, culto, refinado, educado y famoso, y Sylvia, una cabra. Albee se ha fijado en cómo Martin intenta entender ese extraño amor, esa epifanía que sintió cuando los ojos de la cabra se posaron en él por primera vez; y en cómo intenta que su mujer, su hijo y su mejor amigo comprendan también, y acepten, qué es lo que le está pasando. El por qué de ese amor. “No hay metáforas, no hay simbolismos”, advierte Pou, “Albee habla de zoofilia, de bestialismo”. Y lo hace sin tapujos.

Pero, evidentemente, el autor de Tres mujeres altas, aunque busque la provocación -“finalmente he escrito la obra que me echará del teatro americano”, dijo Albee; “con suerte, habrá personas que se levantarán y lanzarán cosas al escenario”-, no es ahí donde quiere llegar.

Probar los valores sociales
“La situación anómala que plantea es tan sólo un punto de partida. Coloca a una familia, aparentemente feliz, en una situación límite, no ya la de una depravación sexual, sino la de una historia de amor con un animal; y lo hace para poner a prueba los valores de nuestra sociedad, para comprobar los límites de la tolerancia, para averiguar si es cierto eso que el amor lo perdona todo”, explica Pou.

“Albee obliga a sus personajes a que autoexaminen su capacidad para comprender, para perdonar y tolerar. Y ese sentimiento es el que tiene que traspasar el escenario y llegar al patio de butacas”. Ese es el objetivo que Pou reconoce en su puesta en escena, en su debut en las lides de la dirección: “Más que emocionar, conmocionar”. Y de esa manera cumplirá con uno de los objetivos expresados por Edward Albee: “El teatro o cambia nuestras percepciones o es sólo decorativo”. Una opinión compartida por Pou: “Esta obra responde a mi concepto de entender el teatro. Después de muchos años de carrera ya he cubierto mi deber con Shakespeare al hacer El rey Lear. Ya no tengo interés por hacer más Shakespeare; lo que me interesa son textos contemporáneos que nos ayudan a entender el mundo en que vivimos”.

Y, a la hora de explicar la puesta en escena, si Albee ha luchado para que La cabra no sea sólo La cabra, porque él la tituló La cabra o quién es Sylvia, Pou también se empeña en que no se olvide, aunque parezca contradictorio, ni el subtítulo con que el norteamericano editó su texto -Ensayo para la redefinición de la tragedia-, ni la indicación que el autor envió a Pullman y Ruehl tan sólo una hora antes de que se estrenara la pieza: “Yo escribo para conseguir que el público se ría”.

El canto de la cabra
Y es que Albee ha construido su texto -el mejor de cuantos ha escrito, según Michael Billington, el crítico de The Guardian- con una carpintería tan poderosa que le permite arrancar como “alta comedia con un punto de misterio” para terminar con toda la intensidad de una tragedia griega.

“No es baladí que el animal escogido para el episodio de zoofilia sea una cabra”, explica Pou, “la palabra tragedia etimológicamente viene de ‘el canto de la cabra’, porque los griegos antes de iniciar la representación sacrificaban una cabra y el animal, al morir, profería un grito, un canto”.

Ese punto de teatro del absurdo que Albee incorpora han obligado a Pou a trabajar con sus actores “desde un nivel que no es el naturalismo. Han de tratar no de pisar sobre el escenario, sino de levitar encima de él”, explica. Y reconoce la dificultad de conseguir el registro, tanto en sus compañeros como en su propia interpretación. “He podido permitirme compaginar el trabajo de director y actor porque mi papel durante buena parte de la función es como un saco de esos con los que se entrenan los boxeadores, simplemente se limita a recibir golpes”, explica Pou, quien reconoce que el peso de la historia lo asume la esposa, que interpreta Marta Angelat, actriz durante muchos años dedicada al doblaje y que recientemente probó de lo que es capaz sobre un escenario en Celebración (Festen).

“Soy actor y mi trabajo como director se ha centrado, precisamente, en la dirección de actores”, reconoce Pou, que no quiere ver en este salto un paso ni adelante ni atrás en su carrera. “Durante años me habían pedido que dirigiera y no lo he hecho hasta dar con un texto que necesitaba enseñar al público, este trabajo no representa que me vaya a dedicar a la dirección. Soy actor”.Y en esa declaración debe verse también una reivindicación del trabajo del intérprete y una desacralización de la figura, en las últimas décadas tan encumbrada, del director. “No hay escalafón, ¿por qué ser director va a ser más importante que ser actor? El director es un creador, pero el actor también lo es. Ser director es fácil, simplemente se trata de escoger una historia que te guste y quieras contar y convencer a los actores de que tu forma de contarla es la mejor posible. Cada día 50.000 abuelas explican a sus nietos el cuento de Caperucita y lo hacen de 50.000 maneras diferentes; o sea que cada una de ellas es la directora de su Caperucita”.Y continúa: “Casi todas mis indicaciones empiezan con un ‘a mí me parece que...’ que hasta ya es objeto de burla en los ensayos”.

Responsable absoluto
Porque es desde la modestia y desde los años de experiencia al otro lado de la barrera cómo afronta su trabajo: “¡Cuántas veces he conseguido después de mucho esfuerzo convencer a algún director sobre una decisión escénica que a él le costaba ver y que después ha sido la más aplaudida por la crítica!”, se queja con resignación. Y concluye: “No tenía ganas tanto de dirigir como de ser el responsable absoluto de un proyecto”. Lo ha conseguido, aunque en el baúl de las intenciones le aguarda otra producción en la que volverá a ser sólo actor: Obediently yours, un monólogo sobre los últimos días de Orson Welles.


Asunto de tolerancia
“Me gustaría que el público que fuera a ver esta obra se pusiera en el lugar de los personajes. Cómo los maridos de la sala responderían si descubrieran que tienen una pasión por una cabra y cómo lo harían sus esposas. Y quiero que la gente comprenda que la cabra no es una metáfora, es una verdadera cabra. Ella no esta ahí para representar cualquier otra cosa. El texto analiza los límites de nuestra tolerancia”. Así explica Edward Albee, en una entrevista publicada recientemente por Le Monde, las intenciones de su última pieza, que ha supuesto después de dos décadas de silencio su retorno a Broadway. El autor, nacido en Washington hace 77 años y afincado en Nueva York, ha escrito 28 obras de teatro, entre las que destaca ¿Quién teme a Virginia Woolf? Hijo adoptivo de un rico productor de vodeviles americano -“eran terriblemente reaccionarios y sectarios”, ha dicho de sus padres- debutó en los 60 con Historia de Zoo, con la que pasó a ser clasificado como artífice de un “teatro del absurdo”; una expresión, según dice, “mal comprendida en Estados Unidos. Se trata de un concepto filosófico posexistencialista, pero que ha olvidado las diferencias estilísticas. Así que toda pieza que no es naturalista debe ser teatralmente absurda, lo que es una simplificación ridícula, pero en Estados Unidos nos gustan mucho las simplificaciones ridículas”. Albee ha descrito su trabajo como “un análisis de la escena americana, en la que ataco la sustitución de los valores reales por valores artificiales”.




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