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Viernes, 25 de abril de 2014
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Teatro  Crítica

Peter Brook

Publica sus memorias y estrena “Le costume” en el Festival de Gerona

Peter Brook, uno de los directores de escena de más prestigio del último siglo, es noticia este mes por partida triple. Los días 10 y 11 estrena en España su último montaje, Le costume (El traje), en el Festival Temporada Alta 2000 de Gerona. Su autobiografía, Hilos de Tiempo, acaba de ser publicada en nuestro país por la editorial Siruela y el próximo 28 de noviembre, dentro del Festival d’Automne de París, estrena la cuarta versión que hace de Hamlet con su compañía.


LIZ PERALES | 08/11/2000 |  Edición impresa


Oh qué hermosos días

Le costume es, por el momento, la última producción de Peter Brook y su compañía del Théâtre des Bouffes du Nord de París. Su estreno en España, los días 10 y 11, tiene lugar en el Teatre de Salt, dentro del Temporada Alta 2000 de Gerona, festival que tras nueve años de andadura se confirma como la cita otoñal del teatro catalán. No es para menos, la presencia de Peter Brook es una muestra de la calidad de las producciones que aquí se dan cita. Su nivel, según cuentan los organizadores, impulsan a los barceloneses a desplazarse hasta aquí para disfrutar de un festival del que la ciudad condal carece en estas fechas.

Brook llega en esta ocasión, y antes de que se vea el Hamlet que en estos momentos ensaya para el Festival d’Automne de París, con una adaptación de la novela del escritor sudafricano Can Themba, adaptada a la escena por Mothobi Mutloatse y estrenada el pasado año en Francia con traducción de Marie Hélène Estienne. Allí ha tenido un recibimiento clamoroso por parte de la crítica, que ha llegado a calificar el espectáculo de “lo más Brook”.

Fiel al espacio vacío

El director sigue fiel a su interés por descontextualizar el teatro de los referentes europeos al elegir, en primer lugar, a Themba, escritor de Johanesburgo, exiliado de su país durante el apartheid en Swazilandia y que murió en la miseria más absoluta. Y fiel también a su tradición del espacio vacío, Brook muestra la escena sin decorados, simplemente dibujada con la luz, algunos accesorios, una cama, una mesa, dos sillas. Escenario listo para para que un narrador, un anciano de Johanesburgo, cuente una trágica historia, ocurrida hace tiempo en un barrio miserable de los creados por el apartheid, Sophiatown: Matilda y Filemón están casados, pero ella sucumbe a la tentación de un amante pasajero. De repente, su marido se presenta en casa y sorprende a los amantes en la cama. El amante huye rápidamente, salta por la ventana abandonando su traje gris. Filemón, desesperado y lleno de rabia, inventa un juego terrible para vengarse: Coge el traje y lo cuelga frente a la cama. “Tenemos un visitante que va a compartir todo con nosotros”, le dice a su mujer. “Como no tenemos habitación de invitados, deberá dormir con nosotros. Es preciso que tu le atiendas bien porque si se va, desaparece o le ocurre algo, tú, Matilda, morirás”.

La pieza está interpretada por un elenco distinto al que inicialmente la estrenó: Tanya Moodie, en el papel de Matilda, Hubert Koundé en el de Filemón, y uno de los habituales de Brook, Sotigui Kouyate, en el del narrador. Su representación en Salt es en francés con subtítulos en catalán.

Según cuenta Brook en Afrique du Sud, Théâtre des Townships, (en Actes-Sud Papier, colección donde se publicó el texto de Themba), el autor sudafricano era uno de los animadores de Sophiatown, barrio donde se daban cita escritores blancos y negros, ladrones, putas y músicos, donde se podía escuchar jazz y olvidar por un momento las atroces condiciones de vida. Para recrear el ambiente de este barrio, (que acabaría arrasado por los bulldozers del gobierno blanco desplazando a la población a otro township más fácil de controlar, Soweto), Brook se ha servido de una música que domina la acción, con temas de Myriam Makeba, Hugh Masekela, Ella Fitzgerald y The Manhattan Brothers.

Respecto a la nueva producción que prepara de Hamlet, cuyo estreno está previsto para el 28 de noviembre y que se prolongará hasta el 12 de enero en el Théâtre Bouffes du Nord de París, poco ha trascendido por el momento. Esta nueva versión, la cuarta que Brook dirige, coincide en París con la que presenta Peter Zadek, director apátrida alemán formado en Inglaterra que ha elegido para el papel del príncipe danés a una actriz, Angele Winkler.

A Brook le sobran razones para reincidir por cuarta vez en el texto de Shakespeare. El director explica que si intentamos detener a alguien por la calle para preguntarle qué conoce de Shakespeare, lo más probable es que responda con la frase “ser o no ser”. “¿Por qué esta pequeña frase se ha hecho inmortal?”, se pregunta. “Hamlet se ha montado por todo el mundo, se le ha presentado de vagabundo, de campesino, de mujer, de pobre tipo, de hombre de negocios... Hamlet es inagotable, no tiene límites, cada década nos ofrece un nuevo análisis, una nueva concepción y es por esto que Hamlet se convierte en un misterio fascinante, es como una bola de cristal que gira en el aire. Sus facetas son infinitas, la bola gira y nos muestra en cada instante una nueva faceta. Siempre podemos redescubrir esta pieza, hacerla revivir”.

Su cuarto Hamlet

Adaptada por el propio Brook, esta versión se presenta en inglés, en su lengua original, porque en su opinión “la vida misma de la pieza está contenida en la música de sus palabras”.

En el equipo, los miembros habituales del Centro Internacional de Investigaciones Teatrales, especie de laboratorio fundado por Brook hace 26 años para investigar sobre el arte de la interpretación. Jeffrey Kisson, Bruce Myers, Natasha Parry, Adrian Lester, Shantala Shivalingappa, Rohan Siva integran el elenco, un grupo de diversa procedencia con el que el director quiere investigar “debajo de la superficie de esta obra que oculta un mito, una estructura fundamental que vamos a intentar explorar en conjunto”. Asistido por Marie-Hélène Estienne, la música es de Toshi Tsuchitori y el vestuario y atrezzo de Chloé Obolensky.

La relación de Brook con Shakespeare viene de lejos.En sus inicios, el director destacó por la gran libertad con que llevó a escena obras del dramaturgo inglés, piezas en su mayoría “secundarias”. Pero también versiones que alcanzaron gran fama internacional como el Rey Lear, con Paul Scofield, Tito Andrónico con Laurence Olivier o La Tempestad. Luego codirigió con Peter Hall la Royal Shakespeare Company de Stratford. Todo esto y más lo cuenta Brook en Hilos de Tiempo (Threads of Time, a memoir), memorias recién publicadas en España por la editorial Siruela aunque aparecidas en Inglaterra hace tres años. En ellas, por ejemplo, Brook explica que hasta los años 60 “nuestro propio teatro de Shakespeare se representaba cómodamente para turistas de modo tranquilizador, pero en muchos de nosotros existía una tenaz sospecha de que aquello distaba mucho del atrevimiento de la era isabelina, con su apasionada investigación de la experiencia individual y social y su sentido metafísico del terror y la sorpresa”.

Memorias originales

Hilos de tiempo no es un libro de memorias al uso en el que su autor relate episodios personales de su familia y amigos. Nada más lejos. Como el propio Brook avisa ya en el comienzo, estas memorias podrían haberse llamado “falsos recuerdos”, pues es imposible rescatar el pasado íntegramente, la memoria rescata impresiones, fragmentos aislados que cobran vida gracias a la imaginación.

Por eso, y más en la línea de sus obras anteriores (El espacio vacío, El punto de inflexión y La puerta abierta), la obra recoge las siempre lúcidas y nada dogmáticas reflexiones filosóficas de Brook sobre el teatro al hilo de las más de 60 producciones que ha dirigido en su vida y lo hace siguiendo una evolución más o menos cronológica, desde su niñez a el momento en que leyó El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, (obra que le llevaría a montar Je suis un phénomène, 1998). El valor de la obra aumenta para aquellos que quieran obtener un relato esclarecedor del teatro del siglo XX, situar a los hombres y mujeres que se han significado en la escena europea de la pasada centuria, y conocer a los maestros de Brook como Jane Heap y Gurdjieff.

Dividida en tres capítulos, Brook habla de sus trabajos iniciales en la Royal Shakespeare Company, en la Royal Opera House, en el West End londinense, de su viaje a Berlín donde conoció a Bertolt Brecht (“él era elocuente y ameno pero yo no me quedé nada convencido” “mi temprano encuentro con Brecht me había dejado una fuerte aversión a todo lo didáctico).

En la segunda parte aparecen episodios cómo su viaje al Afganistán en busca de lo sagrado, que le dio a conocer Persépolis donde años después estrenaría Orghast; la creación del Teatro de la Crueldad como grupo de investigación teatral y sus opiniones sobre el teatro político (“Si democracia significa respeto por lo individual, teatro político auténtico significa confiar en que cada individuo del público, hombre o mujer, sacará sus propias conclusiones”); y sus vivencias durante mayo del 68 en París. La tercera parte está dedicada a los últimos 30 años, cuando se instala en París (“En Inglaterra la experimentación artística siempre se mira con recelo, mientras que en Francia forma parte natural de la vida artística”) y funda el Centro Internacional de Creación Teatral que hoy dirige junto con Stephan Lissner. Es este el período en el que Brook se interesa por descubrir textos épicos de otras culturas no europeas. Viaja a Africa, a Oriente Próximo, a la India. De aquí surgirá Mahabharata, que les llevó más de diez años de preparación.

Nadie que se dedique al teatro puede escapar al trabajo de Brook. Su interés por ofrecer un teatro depurado es casi una obsesión: “La sencillez no es fácil de lograr; es el resultado final de un proceso dinámico que abarca el exceso y el paulatino marchitarse del exceso”. Y a los intérpretes, ofrece más que consejos: “Para los actores, ese sentido de la convicción procede de su propio sentido interno de la realidad, no de la obediencia a las ideas de un director”.





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