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Leopardo al sol

LAURA RESTREPO

Anagrama. Barcelona, 2001. 330 páginas, 2.500 pesetas


Leopardo al sol, de Laura Restrepo (Bogotá, 1950), es una gran novela, uno de los libros que reconcilian al crítico con su tarea. Merece, a mi juicio, la atención de una mayoría de lectores, porque, aunque ajena a las leyes del best-seller, posee el reclamo de la obra bien hecha


JOAQUÍN MARCO | 17/10/2001 |  Edición impresa


Leopardo al sol, de Laura Restrepo (Bogotá, 1950), es una gran novela, uno de los libros que reconcilian al crítico con su tarea. Alguna relación puede establecerse entre la novela-reportaje de la escritora, publicada en 1993, y el reportaje-novela de García Márquez Noticia de un secuestro, de 1996. Posiblemente lo que permite relacionar ambos libros sea ajeno a la literatura: la temática de la violencia en Colombia (la de Leopardo al sol es cronológicamente anterior a la del secuestro y posterior a la frustrada “novela de la violencia”) y la base real en la que ambas se inspiran, aunque sea más novelesca la de Restrepo. Esta última deriva de una preocupación que la autora había sentido con anterioridad: periodista durante más de dos décadas, fue designada por el presidente Betancur como miembro de la comisión que había de negociar con el grupo guerrillero M-19, cuyo fruto fue doble: el libro-reportaje Historia de un entusiasmo y su exilio.

Ha conseguido en este relato el ritmo trepidante de una historia que nos resulta familiar: la venganza entre dos familias por razones de sangre. El relato se desarrolla bajo el signo de la oralidad, de modo que en algunos momentos quien narra es alguien del barrio donde vive Nando, jefe natural de los hermanos supervivientes. Restrepo, en los agradecimientos, nos advierte que nos hallamos ante una “ficción basada en la investigación de hechos reales”. Y en sus gratitudes incluye nombres que ofrecen pistas: Eduardo Camacho Guizado, “porque en la Universidad de los Andres enseñaba a leer” y con Plinio Apuleyo Mendoza, “porque en la revista Semana enseñaba a escribir”. Y con Gabo, “porque su genio medio nos aplasta, medio nos ilumina”. En algún momento el lector puede advertir un modo del premio Nobel; sin embargo, la autora ha sabido zafarse del posible aplastamiento. Cuando incrementa un determinado tono lírico nos hallamos en una de las derivaciones de aquel realismo mágico. Sin embargo, la realidad se combina con la ficción. Y el mundo de la delincuencia organizada con sus reglas y su peculiar ética no dista mucho del mundo caballeresco que advertimos en el ambiente en el que Shakespeare situó a Capuletos y Montescos. También Leopardo al sol, como Crónica de una muerte anunciada, constituye una tragedia. El destino de los protagonistas y quienes les rodean está trazado de antemano. Los jefes de ambos clanes, con sus parientes guardaespaldas, además, representan dos formas de adaptación diferentes a la vida colombiana.

El despreocupado y dandy Narciso era quien llevaba el negocio familiar: el contrabando. Nando será incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos. A ambos les repugna que intervengan manos extrañas en la larga ristra de asesinatos. Pero el Mani y su hermano se introducen en el ámbito de la droga. Será él quien adaptará sus negocios e intentará modificar su imagen pública. Tratará, sin éxito, de introducirse en la buena sociedad, blanqueará su dinero y logrará influencias políticas que llevarán a su rival a prisión, aunque por poco tiempo; el imprescindible para salvarse de un atentado. Pese a todo, Mani Monsalve acaba muerto a tiros.

El destino es inclemente. La trama, por consiguiente, no parece que aporte novedades de consideración. Pero los perfiles de los personajes principales y secundarios están bien diseñados, la acción principal deriva hacia otros caminos que la autora cierra con acierto, como la historia de Arcángel, la pasión incestuosa que manifiesta por su tía, la sed de venganza de la madre del clan que alimenta los odios y traza, ya impertérrita, el destino fatal de sus hijos. Restrepo cuida el ritmo narrativo, remansa la acción, la acelera, la detiene en un fogonazo poético. La novela se cierra con la figura emble- mática del respetable y ciego Bacán, quien, ajeno al drama, cuando la multitud en el desenfreno carnavalesco se apropia del cadáver de Nando, sentencia: “Todo hombre merece una muerte digna. Incluso usted”.

El relato alterna acciones paralelas que ocasionalmente convergen. Las vidas familiares resultan, asimismo, divergentes. Es la lucha, relatada en un marco realista, entre dos dinastías marcadas. Macondo es aquí la Colombia real -lo real maravilloso definido por Carpentier-, en la que Fenerly adiestrará a una banda de pistoleros-guerrilleros en las afueras de la idílica hacienda que Mani comprará para su esposa.

El resultado resulta fascinante. Un estilo sobrio, sentencioso, brillante, rico en los diálogos y capítulos breves, en los que se contraponen y analizan los personajes, convierten su lectura en placer. Merece la atención de una mayoría de lectores, porque, aunque ajena a las leyes del best-seller, posee el reclamo de la obra bien hecha.







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