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Jueves, 24 de abril de 2014
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Personas y lugares

George Santayana

Trotta. Madrid, 2002. 593 pags, 28 euros. Escepticismo y fe animal. Losada. Buenos Aires-Madrid, 2002. 356 pags.

JACOBO MUÑOZ | 27/03/2003 |  Edición impresa


George Santayana (1863-1952)

A finales de los 40 Gore Vidal decidió visitar en Roma a un ilustre y legendario anciano cuya única novela, El anciano puritano, había leído de niño, “adivinando a medias las corrientes emocionales que pone en movimiento cuando describe cómo un joven puritano de Nueva Inglaterra intenta encontrarse a sí mismo”.

Hechas las debidas averiguaciones, dirigió sus pasos al convento de monjas en que residía. Abierta la celda, el escritor y filósofo Juan Ruiz de Santayana -George Santayana-, angloamericano y español, puritano y epicúreo, clavó en él sus ojos “negros, brillantes y redondos” y le invitó a entrar. Seguidamente, un largo e incisivo monólogo, en el que Santayana desgranó algunas de sus frases lapidarias -“Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”- y engarzó malicias con chispeante inocencia. Tardaría cuatro años en morir.

Nacido en Madrid en 1863, llegado a la edad de la reflexión en ávila, educado en Boston, Inglaterra y Alemania, pero sobre todo en esos dos grandes libros en los que siglos antes Descartes encontró asimismo su verdadera formación -el de su Yo y el del Mundo-, Santayana escogió Roma para morir en 1952. Personas y lugares es, en cierto modo, la crónica de ese largo exilio voluntario que fue su vida, el acta de sus encuentros y desencuentros, la nómina de sus preferencias y rechazos, el balance de su productivo desarraigo. Gracias a dicho exilio -el de un nómada que no quiso demorarse en otro reino que el de su propio espíritu- pudo librarse de “las plagas de la ciudadanía”. Pero también de las de la cátedra, que obtuvo muy pronto en la Universidad de Harvard y que abandonó tan pronto como pudo. “Tres trampas”, dejó escrito, “sofocan a la filosofía: la Iglesia, el lecho conyugal y el sillón de profesor. De la primera escapé en mi juventud; en la segunda jamás caí, y de la tercera salí en cuanto me fue posible”.

La independencia fue para él presupuesto y exigencia a un tiempo de filosofar verdaderamente libre. Ese que no osa ocultar su nombre: lucidez. Una implacable y terrible lucidez que jamás piensa en abdicar de sí misma: “sólo los solitarios, los sabios errantes sin ilusiones políticas, parecen percibir lo obvio acerca del transcurso de los eventos naturales”. ¿Desamor? ¿Indiferencia? Nada de eso: “Mi amor por la soledad se reafirmaba él mismo y no porque yo temiera el mundo, sino porque exigía que mi libertad y mi espacio vital estuvieran más allá de él. En la soledad es posible amar a la humanidad; en el mundo, para alguien que lo conozca, no hay más que guerra secreta o abierta”. O también: “Por compañía constante tenía bastante, y demasiado, conmigo mismo. Se había establecido una rutina en mi día, que podía llevar conmigo a dondequiera que fuese: me daba abundancia de horas privadas, y para descanso o refresco, me gustaba la soledad entre las multitudes, las comidas en los restaurantes, los paseos en los parques públicos... El mudo intelectual de mi tiempo me alienaba intelectualmente. Era una Babel de falsos principios y ciegos deseos, un jardín zoológico de la mente, y yo no tenía deseo alguno de ser uno de sus animales. Prefería permanecer como un visitante, mirando las jaulas. Esto podía hacerse mejor leyendo los libros de la gente que frecuentando su compañía”. Fue esta “forma de vida” lo que le permitió desarrollar ese yo recóndito, hecho de múltiples yoes, agazapado y versátil , que late en Personas y lugares.

Pocas veces un discurso tan templado, tan tejido de serenidad y distanciamiento, ha ocultado tanto fuego. Y si su nitidez alcanza a veces calidades marmóreas, se trata siempre de un mármol estremecido. Con él fue esculpiendo sus contradicciones: las de un escéptico consciente de que toda certeza muta fácilmente en violencia que nunca renunció al catolicismo en el orden de los sentimientos; las de un materialista que sacrificó lo mejor de su ser en el altar del espíritu y en el culto a los ideales del humanismo grecolatino; las del hombre cauto y reservado que supo llegar a ese límite en el que la condición terrible de todo ángel, celeste o terreno, se ofrece, abrasando cuanto toca, sin celajes ni trampantojos.

Escepticimo y fe animal es la racionalización filosófica de esta actitud vital, su trasfondo y alimento teórico, que combina sutilmente platonismo -el de quien por no estar ligado a nada especial se apropia de todo como idea- y pragmatismo, que llevado de un atavismo gremial Santayana gustaba de interpretar como un sistema: el suyo. Se trata de una obra cumbre de la filosofía española, puesto que a ella pertenece, por derecho propio, su autor.




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